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La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
"Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas." 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. "Al son de los cascabeles los domingos en el cielo....", muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos ... "Al son..." Ese acordeón, ay, ay,, "al son.."
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla...
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.


año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

La rana.




Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
"Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas." 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. "Al son de los cascabeles los domingos en el cielo....", muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos ... "Al son..." Ese acordeón, ay, ay,, "al son.."
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla...
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.


año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

La rana.




Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
"Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas." 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. "Al son de los cascabeles los domingos en el cielo....", muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos ... "Al son..." Ese acordeón, ay, ay,, "al son.."
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla...
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.


año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

La rana. Lola Soria, Manuel Lozano y Fernando Rebollo

La rana.




Aquí te envío un relato sobre unas ranas muy peculiares. 
Ha sido elaborado entre Lola Soria,  Manolo Lozano y un servidor
esperamos que te guste.

Un relato que tras estas palabras comienzo a escribir, un relato que habla de un abuelo camino de las parras, camino de la tierra que cultivaba y lo que le sucedió en ese trayecto. 

Beires, otoño en Beires, sentados en la chimenea el abuelo contaba historias a los niños allí congregados. Los troncos ardían impulsados por la leña fina que el abuelo había colocado apenas cinco minutos antes. 
Maribel su nieta le había pedido que le contase alguna historia, venga, abuelo, cuenta abuelo. El abuelo se hizo de rogar un poco pero como los demás niños también insistían al final se decidió. 
"Pues veréis, una mañana iba al campo con mi azada y una talega donde llevaba la comida, pues muchos días almorzaba yo en el campo, clareaba el día, los gallos cantaban, kikirikí, kikiriki, los perros ladraban a mi paso, guau, guau, guau, pero como estaban encerrados en los corrales no podían hacerme nada. Tres cosechas perdidas, me veía sin fuerzas para cultivar, ésta casi seguro que sería la cuarta.
En las afueras del pueblo se podía observar como el sol no tardaría en salir, aunque todavía había sombras. En los árboles había un poco de rocío en sus troncos y en sus hojas, la hierba estaba mojada y mis botas se mojaban al pisarla, pues bien, cuando emprendía el camino del terreno que iba a cultivar, en un recodo del camino junto a un pequeño lago me encontré una gran rana, de color verde intenso, al mirarla empezó a croar y otras ranas vinieron hacia el lugar donde se encontraba ésta y también comenzaron a croar, jamás había visto tantas ranas juntas." 
Tu lector te preguntarás. Qué hace una rana grande, inmensa a estas alturas del relato, si el hombre iba alegre y confiado a cultivar la tierra. Qué culpa tengo yo lector, si al croar de esta vinieron otras y la orilla del camino se convirtió en una procesión de anfibios en la amanecida. Qué culpa tengo yo, qué culpa tiene el abuelo de que en un recodo del camino hubiese un pequeño lago donde las ranas se criaban grandes y hermosas, sigamos pues, que a estas alturas ya tengo curiosidad por saber lo que pasó. 
Giré la vista al camino y la rana grande dejó de croar, las demás se tornaron silenciosas emulando la conducta de su jefa. Proseguí camino hacia la tierra, la rana grande daba saltos y las demás hicieron lo mismo sobre la hierba. Me percaté de esto y de nuevo giré la cabeza para ver que pasaba, en ese momento comenzaron a croar de nuevo, salí corriendo despavorido y las ranas dando saltos y croando me perseguían. Vaya escandalera, yo estaba aterrado, tanto miedo tenía que dejé la talega y la azada en medio del camino, las ranas dejaron de croar, hicieron una gran círculo rodeando lo que se me había caído.


Proseguí camino, no me atrevía a volver al pueblo, miedo tenía que esta multitud de anfibios me persiguieran, todavía me quedaban varios recuerdos como el anterior y temía el mismo encuentro, los mismos sucesos. 
A medida que mis pasos me llevaban a la siguiente charca mis ojos se anticipaban e intentaban intuir lo que allí había, diez metros y ya estoy cerca, el camino y al lado la charca. Agua cristalina que deja ver el fondo y una diminuta rana sobre una pequeña piedra que al verme se sumergió en las aguas. Suspiré aliviado y proseguí camino. 
Tenía que pasar una pequeña corriente, salté sobre las piedras cuidando de no caerme al agua que se remansaba tras su lucha con las ruedas del molino que a escasos cien metros se encontraba. Un, dos, tres, cuatro y ya estoy al otro lado. El sol ya estaba fuera, los primeros rayos atravesaban las aguas, pequeños pececillos en bandada de un lado a otro del pequeño lago y una rana grande sobre una gran laja, de ojos vivos, inmutable ante mi presencia. Muevo un brazo para asustarla y comienza a croar, otras ranas, infinidad de ranas salían de las aguas y se colocaban en la orilla, mil, dos mil, tres mil ranas, grandes, pequeñas croando en las primeras horas día, alrededor de las piedras de paso, por todos los lugares del pequeño lago. 
Huí despavorido, subí la cuesta tras la cual se encontraba el valle en el que estaban los aceituneros, las parras, la alberca, el pozo. 
Tu.
¿yo?
Si tu, escribiente a un teclado pegado, deja al abuelo en paz ¿es que acaso no lo vas a dejar comer hoy?, ¿es que vas a llenar su tierra de anfibios, que de nuevo harán entrar en sus oídos ese ruido maravilloso en bajas cantidades e infernal en muchas?
No lo sé duende, no lo sé, no conozco aún la tierra que hay tras de la cuesta, trece líneas quedan para acabar el folio y ¡hay tantas cosas!, La tierra de Beires es tan fértil en recuerdos, historias, que no podemos más que dejarnos llevar por las aguas, por los vientos, por las ranas, por los viejos molinos. Deja duende que mientras el abuelo se sienta sobre una piedra y divisa el valle, por mis oídos suenen los cascabeles de Rosana, de esta canaria que en el domingo en el cielo a la par que los gorriones me canta lo que me quiere. "Al son de los cascabeles los domingos en el cielo....", muévete chiquilla, alegra esa cara, ese cuerpo, un, dos ... "Al son..." Ese acordeón, ay, ay,, "al son.."
La subida me había fatigado y al final de ella decidí sentarme en una piedra antes de disponerme a bajar al valle, las ranas habían agotado buena parte de las energías del desayuno. Quedé profundamente dormido, aunque el aire estaba un poco frío el sol ya comenzaba a dar en mi cuerpo, el lateral de la montaña me resguardaba de los fríos aires del Norte, ya conocéis ese lugar porque soléis pararos cuando vais a la alberca los veranos a bañaros.
Soñé que miles de ranas, grandes, pequeñas araban la tierra, eliminaban las malas hierbas dando saltos sobre ellas, sacaban agua de los arroyos, de los pozos, de las charcas y regaban las parras, los ajos, las cebollas, el perejil, asustaban con su croar a las alimañas, cuidaban los garbanzos y el trigo, nutrían sus raíces de agua, metían en ellas humus de otras tierras, abonos naturales, abrigaban las raíces de los aceituneros con hojas secas de álamos, convertían aquella tierra en el vergel que hacía cinco años fue. Cuando desperté miré el valle, miré mi tierra y la encontré más verde que nunca, emprendí carrerilla hacia allá ayudado por la bajada. El trigo había crecido, las parras comenzaban a augurar las uvas más jugosas de todos los veranos, los olivos estaban cargados de flores, de futuras aceitunas, ajos, cebollas, perejil frondoso, papas que hacían abombar la tierra de tan grandes que eran. 
Miré al cielo y pregunté que pasaba, había ocurrido un milagro, mi voz rompió el silencio de la mañana, demasiado ocupados debían estar allá arriba pues no hallé respuesta, pequeña voz la mía, para un cielo tan grande.
Me lavé la cara con agua fría del pozo, pues parecía no haberme despertado de aquel sueño, volví a mirar y era real lo que veía, la tierra sabiamente movida, toque las bolsitas de los garbanzos, auguraban una gran cosecha, el trigo estaba hermoso, muy crecido, las parras, los aceituneros, que maravilla...
Volví al pueblo rápidamente, quería contárselo a vuestra abuela, a mis amigos, retorné por el camino. Esta vez no encontré a las ranas en las charcas, el agua había desaparecido de ellas, incluso el arroyo de las piedras había menguado a pesar de seguir corriendo. La azada puesta en pie me esperaba en medio del camino, la talega junto a ella. La recogí y volví al pueblo. Nunca volví a ver a las ranas, las aguas menguaban en los arroyos, aunque no se secaron.
Las cosechas fueron llegando, los garbanzos que nos dieron años y años de pucheros, tiernos y hermosos que se deshacían en la boca, trigo que llenó el almacén, grano grande y fino, las uvas exquisitas, cebollas, patatas hermosas y grandes de las que comimos todo el pueblo, melones, sandías, orzas y orzas de aceitunas para machacar, para aceite.
Cada mañana al amanecer camino de la tierra un maravilloso sonido entra en mis oídos, miles, miles de ranas, con su croar al unísono se cuelan en mi cabeza. Ranas que cultivan la tierra mientras yo duermo. Nunca más las vi, pero sé que están ahí, cuidando de nosotros.


año 1, nº 1- agosto 2000. La voz de la cometa. 
Taller literario. Tu voz en Internet
pág 147- 151

Libro de Aniuska. Fernando Rebollo

Fernando Rebollo





Esta historia, como otras muchas que he escrito, tiene como base conversaciones de chats en la #taberna Andaluza. Es un buen medio para disertar y crear historias, sobre todo cuando mis interlocutores (amigos/as) son tan imaginativos como Mercedes, o en este caso, chispita, de imaginación de las Alpujarras almerienses.


Aniuska nació una mañana fría de abril en una aldea de Brest-Lovotsk, llanuras y bosques entre pequeñas colinas que a saltos llegan a los flancos de las majestuosas montañas blancas del Norte. El Sur se muestra despejado y hacia él se internan varios caminos, uno de ellos hacia la ciudad de Brest o Brisk como le llama el padre de esta niña que lloraba cobijada entre mantas y ropas, en una cuna de madera, durante todo el día.
Dos ríos, uno más caudaloso al Oeste, el Nesbreresva, y otro algo menos, al Este, el Odeilkaya, discurren cerca de la aldea. Sus aguas bajan bulliciosas en épocas de deshielo. ¡Vasiliev!, ¡Vasiliev!, ¡ve al río a por agua!  Vasiliev es el hermano mayor de Aniuska, 6 años tenía cuando nació ella, hoy tiene 15 años, y ayuda a su padre en la confección de muebles y joyas, en los trabajos del campo, también lo acompaña a vender en las ciudades cercanas.
Primeras letras en tardes de invierno mientras fuera, la nieve lo cubría todo y la ventisca pugnaba por romper los cristales y abrir las ventanas.  Al calor de la chimenea, con la luz de candiles de petróleo, y velas, aparecieron las primeras letras de la mano de su madre, cirílico y con él las montañas, los bosques, el hielo, la nevada, el azar, las fiestas de palacio, patinar (verbo: Deslizarse o ir resbalando con patines sobre el hielo llano y muy liso). La niña sueña con el hielo, con moverse en él, se ve en su espejo. Hebreo, la religión y la identidad, su padre sueña con volver a un lugar que ni siquiera su bisabuelo conoció, pero allí lo pone, en los libros, y hasta su tío, sastre en Brest-Livotsk, sentencia "el año que viene en Jerusalén Vasiliev, el año que viene".
Pero el año que viene Jerusalén no estaba allí, sino los ríos y montañas de siempre y los fríos y los hielos y Aniuska sueña, ve su delicado cuerpo reflejado en el hielo, deslizándose en el lecho del río helado patinando al son de una música que resuena en sus adentros, un violín sereno que se abre paso entre el grisáceo cielo, entre el blanco de la nieve, entre las copas de pinos y abetos, la montaña a lo lejos, y el río que se ha detenido en el valle.
"Hola Aniuska, he adivinado tus sueños, y he venido al río a ver cómo bailas sobre el hielo, toma estos patines, póntelos" Temblaron sus piernas, casi se cae al hielo, pero sólo fue casi, porque como los perros que nadan a pesar de no haber visto nunca el agua, Aniuska parece haber nacido bailarina sobre el hielo.
Barbas canas y largas, ojos azules, alto, hombro y mano el violín y resuenan melodías, baila, baila, Aniuska.

martes, 3 de julio de 1999 8:20.
Fernando Rebollo para lavozdelacometa.org

Libro de Aniuska. Fernando Rebollo

Esta historia, como otras muchas que he escrito, tiene como base conversaciones de chats en la #taberna Andaluza. Es un buen medio para disertar y crear historias, sobre todo cuando mis interlocutores (amigos/as) son tan imaginativos como Mercedes, o en este caso, chispita, de imaginación de las Alpujarras almerienses.


Aniuska nació una mañana fría de abril en una aldea de Brest-Lovotsk, llanuras y bosques entre pequeñas colinas que a saltos llegan a los flancos de las majestuosas montañas blancas del Norte. El Sur se muestra despejado y hacia él se internan varios caminos, uno de ellos hacia la ciudad de Brest o Brisk como le llama el padre de esta niña que lloraba cobijada entre mantas y ropas, en una cuna de madera, durante todo el día.
Dos ríos, uno más caudaloso al Oeste, el Nesbreresva, y otro algo menos, al Este, el Odeilkaya, discurren cerca de la aldea. Sus aguas bajan bulliciosas en épocas de deshielo. ¡Vasiliev!, ¡Vasiliev!, ¡ve al río a por agua!  Vasiliev es el hermano mayor de Aniuska, 6 años tenía cuando nació ella, hoy tiene 15 años, y ayuda a su padre en la confección de muebles y joyas, en los trabajos del campo, también lo acompaña a vender en las ciudades cercanas.
Primeras letras en tardes de invierno mientras fuera, la nieve lo cubría todo y la ventisca pugnaba por romper los cristales y abrir las ventanas.  Al calor de la chimenea, con la luz de candiles de petróleo, y velas, aparecieron las primeras letras de la mano de su madre, cirílico y con él las montañas, los bosques, el hielo, la nevada, el azar, las fiestas de palacio, patinar (verbo: Deslizarse o ir resbalando con patines sobre el hielo llano y muy liso). La niña sueña con el hielo, con moverse en él, se ve en su espejo. Hebreo, la religión y la identidad, su padre sueña con volver a un lugar que ni siquiera su bisabuelo conoció, pero allí lo pone, en los libros, y hasta su tío, sastre en Brest-Livotsk, sentencia "el año que viene en Jerusalén Vasiliev, el año que viene".
Pero el año que viene Jerusalén no estaba allí, sino los ríos y montañas de siempre y los fríos y los hielos y Aniuska sueña, ve su delicado cuerpo reflejado en el hielo, deslizándose en el lecho del río helado patinando al son de una música que resuena en sus adentros, un violín sereno que se abre paso entre el grisáceo cielo, entre el blanco de la nieve, entre las copas de pinos y abetos, la montaña a lo lejos, y el río que se ha detenido en el valle.
"Hola Aniuska, he adivinado tus sueños, y he venido al río a ver cómo bailas sobre el hielo, toma estos patines, póntelos" Temblaron sus piernas, casi se cae al hielo, pero sólo fue casi, porque como los perros que nadan a pesar de no haber visto nunca el agua, Aniuska parece haber nacido bailarina sobre el hielo.
Barbas canas y largas, ojos azules, alto, hombro y mano el violín y resuenan melodías, baila, baila, Aniuska.
martes, 3 de julio de 1999 8:20.
Fernando Rebollo para lavozdelacometa.org

Libro de Aniuska. Fernando Rebollo

Esta historia, como otras muchas que he escrito, tiene como base conversaciones de chats en la #taberna Andaluza. Es un buen medio para disertar y crear historias, sobre todo cuando mis interlocutores (amigos/as) son tan imaginativos como Mercedes, o en este caso, chispita, de imaginación de las Alpujarras almerienses.


Aniuska nació una mañana fría de abril en una aldea de Brest-Lovotsk, llanuras y bosques entre pequeñas colinas que a saltos llegan a los flancos de las majestuosas montañas blancas del Norte. El Sur se muestra despejado y hacia él se internan varios caminos, uno de ellos hacia la ciudad de Brest o Brisk como le llama el padre de esta niña que lloraba cobijada entre mantas y ropas, en una cuna de madera, durante todo el día.
Dos ríos, uno más caudaloso al Oeste, el Nesbreresva, y otro algo menos, al Este, el Odeilkaya, discurren cerca de la aldea. Sus aguas bajan bulliciosas en épocas de deshielo. ¡Vasiliev!, ¡Vasiliev!, ¡ve al río a por agua!  Vasiliev es el hermano mayor de Aniuska, 6 años tenía cuando nació ella, hoy tiene 15 años, y ayuda a su padre en la confección de muebles y joyas, en los trabajos del campo, también lo acompaña a vender en las ciudades cercanas.
Primeras letras en tardes de invierno mientras fuera, la nieve lo cubría todo y la ventisca pugnaba por romper los cristales y abrir las ventanas.  Al calor de la chimenea, con la luz de candiles de petróleo, y velas, aparecieron las primeras letras de la mano de su madre, cirílico y con él las montañas, los bosques, el hielo, la nevada, el azar, las fiestas de palacio, patinar (verbo: Deslizarse o ir resbalando con patines sobre el hielo llano y muy liso). La niña sueña con el hielo, con moverse en él, se ve en su espejo. Hebreo, la religión y la identidad, su padre sueña con volver a un lugar que ni siquiera su bisabuelo conoció, pero allí lo pone, en los libros, y hasta su tío, sastre en Brest-Livotsk, sentencia "el año que viene en Jerusalén Vasiliev, el año que viene".
Pero el año que viene Jerusalén no estaba allí, sino los ríos y montañas de siempre y los fríos y los hielos y Aniuska sueña, ve su delicado cuerpo reflejado en el hielo, deslizándose en el lecho del río helado patinando al son de una música que resuena en sus adentros, un violín sereno que se abre paso entre el grisáceo cielo, entre el blanco de la nieve, entre las copas de pinos y abetos, la montaña a lo lejos, y el río que se ha detenido en el valle.
"Hola Aniuska, he adivinado tus sueños, y he venido al río a ver cómo bailas sobre el hielo, toma estos patines, póntelos" Temblaron sus piernas, casi se cae al hielo, pero sólo fue casi, porque como los perros que nadan a pesar de no haber visto nunca el agua, Aniuska parece haber nacido bailarina sobre el hielo.
Barbas canas y largas, ojos azules, alto, hombro y mano el violín y resuenan melodías, baila, baila, Aniuska.
martes, 3 de julio de 1999 8:20.
Fernando Rebollo para lavozdelacometa.org

Libro de Aniuska. Fernando Rebollo

Esta historia, como otras muchas que he escrito, tiene como base conversaciones de chats en la #taberna Andaluza. Es un buen medio para disertar y crear historias, sobre todo cuando mis interlocutores (amigos/as) son tan imaginativos como Mercedes, o en este caso, chispita, de imaginación de las Alpujarras almerienses.


Aniuska nació una mañana fría de abril en una aldea de Brest-Lovotsk, llanuras y bosques entre pequeñas colinas que a saltos llegan a los flancos de las majestuosas montañas blancas del Norte. El Sur se muestra despejado y hacia él se internan varios caminos, uno de ellos hacia la ciudad de Brest o Brisk como le llama el padre de esta niña que lloraba cobijada entre mantas y ropas, en una cuna de madera, durante todo el día.
Dos ríos, uno más caudaloso al Oeste, el Nesbreresva, y otro algo menos, al Este, el Odeilkaya, discurren cerca de la aldea. Sus aguas bajan bulliciosas en épocas de deshielo. ¡Vasiliev!, ¡Vasiliev!, ¡ve al río a por agua!  Vasiliev es el hermano mayor de Aniuska, 6 años tenía cuando nació ella, hoy tiene 15 años, y ayuda a su padre en la confección de muebles y joyas, en los trabajos del campo, también lo acompaña a vender en las ciudades cercanas.
Primeras letras en tardes de invierno mientras fuera, la nieve lo cubría todo y la ventisca pugnaba por romper los cristales y abrir las ventanas.  Al calor de la chimenea, con la luz de candiles de petróleo, y velas, aparecieron las primeras letras de la mano de su madre, cirílico y con él las montañas, los bosques, el hielo, la nevada, el azar, las fiestas de palacio, patinar (verbo: Deslizarse o ir resbalando con patines sobre el hielo llano y muy liso). La niña sueña con el hielo, con moverse en él, se ve en su espejo. Hebreo, la religión y la identidad, su padre sueña con volver a un lugar que ni siquiera su bisabuelo conoció, pero allí lo pone, en los libros, y hasta su tío, sastre en Brest-Livotsk, sentencia "el año que viene en Jerusalén Vasiliev, el año que viene".
Pero el año que viene Jerusalén no estaba allí, sino los ríos y montañas de siempre y los fríos y los hielos y Aniuska sueña, ve su delicado cuerpo reflejado en el hielo, deslizándose en el lecho del río helado patinando al son de una música que resuena en sus adentros, un violín sereno que se abre paso entre el grisáceo cielo, entre el blanco de la nieve, entre las copas de pinos y abetos, la montaña a lo lejos, y el río que se ha detenido en el valle.
"Hola Aniuska, he adivinado tus sueños, y he venido al río a ver cómo bailas sobre el hielo, toma estos patines, póntelos" Temblaron sus piernas, casi se cae al hielo, pero sólo fue casi, porque como los perros que nadan a pesar de no haber visto nunca el agua, Aniuska parece haber nacido bailarina sobre el hielo.
Barbas canas y largas, ojos azules, alto, hombro y mano el violín y resuenan melodías, baila, baila, Aniuska.
martes, 3 de julio de 1999 8:20.
Fernando Rebollo para lavozdelacometa.org

La cometa y la niña. Fernando Rebollo

Diariovoz. Tu voz en Internet



"La niña jugaba con la cometa, allí junto al bosque, en aquella pequeña colina, un hilo de cáñamo unía la mano a ese cruce de pequeñas maderas y tela que era la cometa, o pandorga, así la llamaban en otros lugares de Andalucía, larga cola verde, de serpiente o mas bien culebra que juega con el aire. Las lavanderas pasaban por el camino al pie de la colina y se internaban entre los álamos, con sus canastas de mimbre en los costados, en los cuadriles como ellas solían decir. Las ropas golpearían las piedras entre las que discurría el Nacimiento, aguas frías que enrojecen las manos, aguas que irían quitando manchas de tierra, sudores del trabajo diario con la azada y con el arado. La cometa, dirigía sus alcahuetos ojos hacía el bosque. Maribel había pintado dos ojos y una boca sobre la tela blanca con unos tizones.

Por entre los troncos de los árboles se colaba el canto de Pilar, que restriega que restriega, cantaba, 

"Cuando anochece en el mar
soñando que eres la roca
y yo no veo tu boca
para poderla besar
que miedo sienten las olas
mas miedo paso yo sola
cuando a mi lado no estás.
Y esa luna marinera
lo solita que ya está
vigilando a las estrellas
a la barca y a la vela
y a los hombres en el mar"


Canta Pilar y las demás disminuyen su trajín, hasta la cometa se vuelve algo sosegada, hasta el aire, vamos a escuchá que diría alguien, solo el agua actúa acompañando a la voz....."

La cometa y la niña. Fernando Rebollo



"La niña jugaba con la cometa, allí junto al bosque, en aquella pequeña colina, un hilo de cáñamo unía la mano a ese cruce de pequeñas maderas y tela que era la cometa, o pandorga, así la llamaban en otros lugares de Andalucía, larga cola verde, de serpiente o mas bien culebra que juega con el aire. Las lavanderas pasaban por el camino al pie de la colina y se internaban entre los álamos, con sus canastas de mimbre en los costados, en los cuadriles como ellas solían decir. Las ropas golpearían las piedras entre las que discurría el Nacimiento, aguas frías que enrojecen las manos, aguas que irían quitando manchas de tierra, sudores del trabajo diario con la azada y con el arado. La cometa, dirigía sus alcahuetos ojos hacía el bosque. Maribel había pintado dos ojos y una boca sobre la tela blanca con unos tizones.

Por entre los troncos de los árboles se colaba el canto de Pilar, que restriega que restriega, cantaba, 

"Cuando anochece en el mar
soñando que eres la roca
y yo no veo tu boca
para poderla besar
que miedo sienten las olas
mas miedo paso yo sola
cuando a mi lado no estás.
Y esa luna marinera
lo solita que ya está
vigilando a las estrellas
a la barca y a la vela
y a los hombres en el mar"


Canta Pilar y las demás disminuyen su trajín, hasta la cometa se vuelve algo sosegada, hasta el aire, vamos a escuchá que diría alguien, solo el agua actúa acompañando a la voz....."

La cometa y la niña. Fernando Rebollo



"La niña jugaba con la cometa, allí junto al bosque, en aquella pequeña colina, un hilo de cáñamo unía la mano a ese cruce de pequeñas maderas y tela que era la cometa, o pandorga, así la llamaban en otros lugares de Andalucía, larga cola verde, de serpiente o mas bien culebra que juega con el aire. Las lavanderas pasaban por el camino al pie de la colina y se internaban entre los álamos, con sus canastas de mimbre en los costados, en los cuadriles como ellas solían decir. Las ropas golpearían las piedras entre las que discurría el Nacimiento, aguas frías que enrojecen las manos, aguas que irían quitando manchas de tierra, sudores del trabajo diario con la azada y con el arado. La cometa, dirigía sus alcahuetos ojos hacía el bosque. Maribel había pintado dos ojos y una boca sobre la tela blanca con unos tizones.

Por entre los troncos de los árboles se colaba el canto de Pilar, que restriega que restriega, cantaba, 

"Cuando anochece en el mar
soñando que eres la roca
y yo no veo tu boca
para poderla besar
que miedo sienten las olas
mas miedo paso yo sola
cuando a mi lado no estás.
Y esa luna marinera
lo solita que ya está
vigilando a las estrellas
a la barca y a la vela
y a los hombres en el mar"


Canta Pilar y las demás disminuyen su trajín, hasta la cometa se vuelve algo sosegada, hasta el aire, vamos a escuchá que diría alguien, solo el agua actúa acompañando a la voz....."

La cometa y la niña. Fernando Rebollo



"La niña jugaba con la cometa, allí junto al bosque, en aquella pequeña colina, un hilo de cáñamo unía la mano a ese cruce de pequeñas maderas y tela que era la cometa, o pandorga, así la llamaban en otros lugares de Andalucía, larga cola verde, de serpiente o mas bien culebra que juega con el aire. Las lavanderas pasaban por el camino al pie de la colina y se internaban entre los álamos, con sus canastas de mimbre en los costados, en los cuadriles como ellas solían decir. Las ropas golpearían las piedras entre las que discurría el Nacimiento, aguas frías que enrojecen las manos, aguas que irían quitando manchas de tierra, sudores del trabajo diario con la azada y con el arado. La cometa, dirigía sus alcahuetos ojos hacía el bosque. Maribel había pintado dos ojos y una boca sobre la tela blanca con unos tizones.

Por entre los troncos de los árboles se colaba el canto de Pilar, que restriega que restriega, cantaba, 

"Cuando anochece en el mar
soñando que eres la roca
y yo no veo tu boca
para poderla besar
que miedo sienten las olas
mas miedo paso yo sola
cuando a mi lado no estás.
Y esa luna marinera
lo solita que ya está
vigilando a las estrellas
a la barca y a la vela
y a los hombres en el mar"


Canta Pilar y las demás disminuyen su trajín, hasta la cometa se vuelve algo sosegada, hasta el aire, vamos a escuchá que diría alguien, solo el agua actúa acompañando a la voz....."

UNA REFLEXION:Entre los cerezos. Fernando Rebollo

       
      Quizás el ser humano sea de un lugar, pertenezca a algún lugar donde siempre vuelve, donde siempre halla inspiración para continuar el camino.
      Amaneció un día radiante de primavera, el aire de estos días de retorno, de estos días de vuelta a encontrarse con lo que siempre estuvo allí. Quizás la ilusión y la alegría del encuentro.

      Autovía y el aire ya era otro, 50 kilómetros, desvío y tras 10 más, allí estaban, los montes, las balsas de piedra con su fondo de helechos reflejados que daban al agua un color verdoso, las casas blancas, los olivos, las cepas que intentan desperezarse y ya piensan en las exquisitas uvas negras que darán en el verano.
      Los cerezos, esta vez  esa había sido la razón, desplegaban a la primavera todo su colorido, miles de flores, con hojas nuevas, que le dan al árbol la juventud que pierde en los otoños. 

      "A un cerezo subí
       que cerezas tenía
       cerezas no cogí
       cerezas no dejé
       ¿Cuantas cerezas había?"
       
      Sentada en la tierra sobre la hierba, bajo la sombra de uno de los mas grandes, recordaba el acertijo que doña Paca les había propuesto en aquella escuela que a poco más de un kilómetro se encontraba, donde se dieron cita casi todos los de su generación.  
      Singular, chispa veloz su mente, contestó rápida, aún lo recuerda, pero doña Paca no le dió importancia, como esperando la contestación de algún más disciplinado alumno. Se sumergió de nuevo en las aventuras de Tintín y dejó que aquella morsa siguiese moviéndose por la estancia, aconsejando a sus más predilectos.

      La luz del sol se colaba fina por entre las hojas y las flores del árbol. Se que no me creerán si les digo, que un avión, un diminuto avión estaba allí (1), delante de sus ojos, con sus elegantes viajeros mirando por la ventana, con las azafatas moviéndose por los pasillos, sirviendo el zumo, ¡contigo he volado! (2), perdió altura para no chocar con las ramas y volvió a salir en busca de un aeropuerto, quizás de una gran ciudad. 

      El primer encuentro con la aviación ocurrió en la tetería Turandot donde degustaba zumos y té con pastas mientras de fondo Santana tocaba su guitarra bajo el influjo de la luna. Allí se encontraba un gran cuadro con dos hombres de mirada decidida, Orwille y Wilbur, vestidos con trajes negros y bombín, apoyándose en sendos bastones. Los caballeros del aire así rezaba en la parte superior del cuadro,  letras negras para los hermanos Wright, y un poco más abajo su primer aeroplano.

      Aquella mañana habían vuelto, se habían salido de aquella maravillosa fotografía y sobrevolaban los campos, saludando con las manos enfundandas en unos guantes de cuero negro,  

      (1) Después de las huelgas del Sepla pueden estar en cualquier lado. :-))
      (2) No, pero ya me gustaría ya, viajar a una isla solitaria con aquella morenita de Santander.
 autor: Fernando Rebollo

UNA REFLEXION: Entre los cerezos por Fernando Rebollo

       
      Quizás el ser humano sea de un lugar, pertenezca a algún lugar donde siempre vuelve, donde siempre halla inspiración para continuar el camino.
      Amaneció un día radiante de primavera, el aire de estos días de retorno, de estos días de vuelta a encontrarse con lo que siempre estuvo allí. Quizás la ilusión y la alegría del encuentro.

      Autovía y el aire ya era otro, 50 kilómetros, desvío y tras 10 más, allí estaban, los montes, las balsas de piedra con su fondo de helechos reflejados que daban al agua un color verdoso, las casas blancas, los olivos, las cepas que intentan desperezarse y ya piensan en las exquisitas uvas negras que darán en el verano.
      Los cerezos, esta vez  esa había sido la razón, desplegaban a la primavera todo su colorido, miles de flores, con hojas nuevas, que le dan al árbol la juventud que pierde en los otoños. 

      "A un cerezo subí
       que cerezas tenía
       cerezas no cogí
       cerezas no dejé
       ¿Cuantas cerezas había?"
       
      Sentada en la tierra sobre la hierba, bajo la sombra de uno de los mas grandes, recordaba el acertijo que doña Paca les había propuesto en aquella escuela que a poco más de un kilómetro se encontraba, donde se dieron cita casi todos los de su generación.  
      Singular, chispa veloz su mente, contestó rápida, aún lo recuerda, pero doña Paca no le dió importancia, como esperando la contestación de algún más disciplinado alumno. Se sumergió de nuevo en las aventuras de Tintín y dejó que aquella morsa siguiese moviéndose por la estancia, aconsejando a sus más predilectos.

      La luz del sol se colaba fina por entre las hojas y las flores del árbol. Se que no me creerán si les digo, que un avión, un diminuto avión estaba allí (1), delante de sus ojos, con sus elegantes viajeros mirando por la ventana, con las azafatas moviéndose por los pasillos, sirviendo el zumo, ¡contigo he volado! (2), perdió altura para no chocar con las ramas y volvió a salir en busca de un aeropuerto, quizás de una gran ciudad. 

      El primer encuentro con la aviación ocurrió en la tetería Turandot donde degustaba zumos y té con pastas mientras de fondo Santana tocaba su guitarra bajo el influjo de la luna. Allí se encontraba un gran cuadro con dos hombres de mirada decidida, Orwille y Wilbur, vestidos con trajes negros y bombín, apoyándose en sendos bastones. Los caballeros del aire así rezaba en la parte superior del cuadro,  letras negras para los hermanos Wright, y un poco más abajo su primer aeroplano.

      Aquella mañana habían vuelto, se habían salido de aquella maravillosa fotografía y sobrevolaban los campos, saludando con las manos enfundandas en unos guantes de cuero negro,  

      (1) Después de las huelgas del Sepla pueden estar en cualquier lado. :-))
      (2) No, pero ya me gustaría ya, viajar a una isla solitaria con aquella morenita de Santander.

UNA REFLEXION: Entre los cerezos por Fernando Rebollo

       
      Quizás el ser humano sea de un lugar, pertenezca a algún lugar donde siempre vuelve, donde siempre halla inspiración para continuar el camino.
      Amaneció un día radiante de primavera, el aire de estos días de retorno, de estos días de vuelta a encontrarse con lo que siempre estuvo allí. Quizás la ilusión y la alegría del encuentro.

      Autovía y el aire ya era otro, 50 kilómetros, desvío y tras 10 más, allí estaban, los montes, las balsas de piedra con su fondo de helechos reflejados que daban al agua un color verdoso, las casas blancas, los olivos, las cepas que intentan desperezarse y ya piensan en las exquisitas uvas negras que darán en el verano.
      Los cerezos, esta vez  esa había sido la razón, desplegaban a la primavera todo su colorido, miles de flores, con hojas nuevas, que le dan al árbol la juventud que pierde en los otoños. 

      "A un cerezo subí
       que cerezas tenía
       cerezas no cogí
       cerezas no dejé
       ¿Cuantas cerezas había?"
       
      Sentada en la tierra sobre la hierba, bajo la sombra de uno de los mas grandes, recordaba el acertijo que doña Paca les había propuesto en aquella escuela que a poco más de un kilómetro se encontraba, donde se dieron cita casi todos los de su generación.  
      Singular, chispa veloz su mente, contestó rápida, aún lo recuerda, pero doña Paca no le dió importancia, como esperando la contestación de algún más disciplinado alumno. Se sumergió de nuevo en las aventuras de Tintín y dejó que aquella morsa siguiese moviéndose por la estancia, aconsejando a sus más predilectos.

      La luz del sol se colaba fina por entre las hojas y las flores del árbol. Se que no me creerán si les digo, que un avión, un diminuto avión estaba allí (1), delante de sus ojos, con sus elegantes viajeros mirando por la ventana, con las azafatas moviéndose por los pasillos, sirviendo el zumo, ¡contigo he volado! (2), perdió altura para no chocar con las ramas y volvió a salir en busca de un aeropuerto, quizás de una gran ciudad. 

      El primer encuentro con la aviación ocurrió en la tetería Turandot donde degustaba zumos y té con pastas mientras de fondo Santana tocaba su guitarra bajo el influjo de la luna. Allí se encontraba un gran cuadro con dos hombres de mirada decidida, Orwille y Wilbur, vestidos con trajes negros y bombín, apoyándose en sendos bastones. Los caballeros del aire así rezaba en la parte superior del cuadro,  letras negras para los hermanos Wright, y un poco más abajo su primer aeroplano.

      Aquella mañana habían vuelto, se habían salido de aquella maravillosa fotografía y sobrevolaban los campos, saludando con las manos enfundandas en unos guantes de cuero negro,  

      (1) Después de las huelgas del Sepla pueden estar en cualquier lado. :-))
      (2) No, pero ya me gustaría ya, viajar a una isla solitaria con aquella morenita de Santander.