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Miseria en los zapatos

Miseria en los zapatos, publicado por Javier Cluj en la revista La Enzina

 


“No tiene sentido reflexionar sobre los zapatos, decía uno de mis amigos. A mí sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar sobre
ellos. Tengo la idea de que las cuestiones más complejas se podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos”. H. G. Wells, célebre novelista británico de prodigiosa imaginación firmó un artículo que se hizo justamente popular llamado “Miseria de los zapatos”, en el que con detallado análisis retrata las injusticias sociales de su tiempo a través del calzado y las malformaciones que su mal uso o mala calidad produce en los pies. H.G, Wells fue un socialista fabiano o socialista “conservador” que anhelaba cambios profundos, pero paulatinos, pues temía sabiamente a las revoluciones por su estela de violencia y sangre y por su tendencia probada a devenir en regímenes aún peores de los que surgieron. La historia, de momento, parece darles la razón a los fabianos.


Donde vivo, el calor tarda en marcharse y lo hace con la resistencia de un terrorista atrincherado. Tenemos muchos veranos después del verano, adjetivados con nombres de santos, cada vez más alejados del verano real. Me pregunto si Murcia no tendrá denominado un maldito verano navideño como el que sufrí en 2019, con mi hermoso abrigo inútilmente colgado de mi brazo a modo de mandil. El frío acaba llegando todavía, cada vez de forma más brusca y tardía, como empujado por una legión de antidisturbios. La vestimenta va cambiando como manda la necesidad, pero hay quien parece ajeno a estos cambios. Unos cuantos de mis vecinos subsaharianos usan las mismas chanclas baratas todo el año. Podría suponer que el rigor del frío no es tanto por estas latitudes, yo mismo tardo en sentirlo después de haber vivido en Europa del Este varios años. Ver ropa congelarse en el tendedero o pasar por una temperatura atmosférica inferior a la de mi congelador doméstico permitiría a cualquiera la ilusión de vivir en una primavera permanente por estos pagos. Pero me extraña que quienes vienen de regiones del globo no precisamente frescas tengan ese desprecio hacia el frío. Cuando el mercurio baja, observo que añaden unos calcetines de lana a su calzado veraniego. Otros llevan bien acabada la jornada laboral unas botas pesadas de trabajo, aún con un barniz de barro adherido. Son los zapatos que cualquiera arrojaría lejos a la menor ocasión si tuviera que llevarlos durante un largo y extenuante día de trabajo. Si aún los finos castellanos de un oficinista son una tortura tras mucha tarea, no quiero pensar en un día completo con ese complemento apto para un paseo lunar.


Estas excentricidades pueden entenderse cuando nos planteamos su posible alternativa: salir a la calle descalzo. No está hecha la ciudad actual para emular al simpático Huckleberry Finn, aunque parece que las condiciones de vida de una parte creciente de la población sí empiezan a parecerse a las de los lejanos tiempos de Mark Twain. En este viaje de vuelta al siglo XIX en que nos hemos embarcado en los últimos años de acumulación de capital y desigualdad el opúsculo de Wells vuelve a cobrar vida tristemente.

¿Cuántos pares de zapatos tenemos? Los de estar en casa en invierno, los de andar por casa en verano, los de ir a la playa, los de fiesta, los de diario, los buenos para bodas y entrevistas de trabajo, los de deporte, los que están viejos pero aún aguantan, los que apenas me pongo porque no me combinan con nada… Pensemos un momento en la aterradora opción de solo disponer de un par para cualquier circunstancia. Pensemos ahora que ese par fueran no los socorridos tenis que nos harían parecer otro adolescente, escuadrón de soldaditos siempre en chándal y deportivas, sino cualquier otro tipo mucho más inadecuado.

La famosa ley de hierro o de bronce de David Ricardo sobre salarios establecía un mínimo socio fisiológico al entender que no basta con sobrevivir, sino que hay unas necesidades sociales o culturales más allá de la subsistencia como organismos vivos, que nuestro sueldo debe cubrir. Por lo visto hasta el liberal clásico Ricardo es demasiado laborista para los tiempos que corren. Con menos aparato conceptual a esto solíamos llamarlo “dignidad”. Creo que no voy a encontrar a nadie que me recuerde a Tom Sawyer, pero sí encuentro a muchos que me recuerdan a Jim.

Una vez, de niño, se me hizo un inoportuno agujero en el zapato y mi madre me dijo que debía esperar a primero de mes para comprarme unos nuevos porque estaba justa de presupuesto, lo que me irritó mucho. Faltaban apenas unos pocos días. Tengo la sospecha de que algunos de mis vecinos llevan años, quizá toda una vida viviendo a fin de mes.




Javier Cluj


Javier Cluj, nacido en 1980 con apellidos más comunes. Escritor, profesor y director de escena. Estudios de filología y antropología social. Vida laboral discontinua y errante por España, Alemania, Polonia, Hungría, Rumanía, Turquía, Bulgaria y El Salvador desde hace casi veinte años. Ama el teatro. Conservador solo en formas y maneras. Socialdemócrata y progresista convencido. Orgulloso alumno de escuela pública y de familia obrera. Político fracasado en formaciones políticas centristas. Español sin fanatismo ni vergüenza, pero con muchas dudas y desazones. Activista por los derechos humanos, especialmente preocupado por los inmigrantes, las minorías sexuales y la justicia social. A la derecha dentro de la izquierda. Anticuado entusiasta del progreso y la modernidad. Sueña con una España que labre su gloria ensanchando el caudal del conocimiento científico y de la dignidad humana. Detesta el fútbol. Escéptico y crítico. Amante del arte clásico, de la literatura y de la música antigua sacra. Ateo. Profundo interés por las ciencias sociales. Defensor de la heterodoxia. Exasperante curiosidad. Autor de dos obras de teatro estrenadas y publicadas en Rumanía: “Ionut” y “Acuario” y de otras que no pudo editar. En breve lanza un libro de relatos: “Fabulino”. Cuarenta años de nada y en otros cuarenta será nada. Otra mancha de tinta en este papel.

Miseria en los zapatos

Miseria en los zapatos, publicado por Javier Cluj en la revista La Enzina

 

Miseria en los zapatos
“No tiene sentido reflexionar sobre los zapatos, decía uno de mis amigos. A mí sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar sobre ellos. Tengo la idea de que las cuestiones más complejas se podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos”. H. G. Wells, célebre novelista británico de prodigiosa imaginación firmó un artículo que se hizo justamente popular llamado “Miseria de los zapatos”, en el que con detallado análisis retrata las injusticias sociales de su tiempo a través del calzado y las malformaciones que su mal uso o mala calidad produce en los pies. H.G, Wells fue un socialista fabiano o socialista “conservador” que anhelaba cambios profundos, pero paulatinos, pues temía sabiamente a las revoluciones por su estela de violencia y sangre y por su tendencia probada a devenir en regímenes aún peores de los que surgieron. La historia, de momento, parece darles la razón a los fabianos.


Donde vivo, el calor tarda en marcharse y lo hace con la resistencia de un terrorista atrincherado. Tenemos muchos veranos después del verano, adjetivados con nombres de santos, cada vez más alejados del verano real. Me pregunto si Murcia no tendrá denominado un maldito verano navideño como el que sufrí en 2019, con mi hermoso abrigo inútilmente colgado de mi brazo a modo de mandil. El frío acaba llegando todavía, cada vez de forma más brusca y tardía, como empujado por una legión de antidisturbios. La vestimenta va cambiando como manda la necesidad, pero hay quien parece ajeno a estos cambios. Unos cuantos de mis vecinos subsaharianos usan las mismas chanclas baratas todo el año. Podría suponer que el rigor del frío no es tanto por estas latitudes, yo mismo tardo en sentirlo después de haber vivido en Europa del Este varios años. Ver ropa congelarse en el tendedero o pasar por una temperatura atmosférica inferior a la de mi congelador doméstico permitiría a cualquiera la ilusión de vivir en una primavera permanente por estos pagos. Pero me extraña que quienes vienen de regiones del globo no precisamente frescas tengan ese desprecio hacia el frío. Cuando el mercurio baja, observo que añaden unos calcetines de lana a su calzado veraniego. Otros llevan bien acabada la jornada laboral unas botas pesadas de trabajo, aún con un barniz de barro adherido. Son los zapatos que cualquiera arrojaría lejos a la menor ocasión si tuviera que llevarlos durante un largo y extenuante día de trabajo. Si aún los finos castellanos de un oficinista son una tortura tras mucha tarea, no quiero pensar en un día completo con ese complemento apto para un paseo lunar.


Estas excentricidades pueden entenderse cuando nos planteamos su posible alternativa: salir a la calle descalzo. No está hecha la ciudad actual para emular al simpático Huckleberry Finn, aunque parece que las condiciones de vida de una parte creciente de la población sí empiezan a parecerse a las de los lejanos tiempos de Mark Twain. En este viaje de vuelta al siglo XIX en que nos hemos embarcado en los últimos años de acumulación de capital y desigualdad el opúsculo de Wells vuelve a cobrar vida tristemente.

¿Cuántos pares de zapatos tenemos? Los de estar en casa en invierno, los de andar por casa en verano, los de ir a la playa, los de fiesta, los de diario, los buenos para bodas y entrevistas de trabajo, los de deporte, los que están viejos pero aún aguantan, los que apenas me pongo porque no me combinan con nada… Pensemos un momento en la aterradora opción de solo disponer de un par para cualquier circunstancia. Pensemos ahora que ese par fueran no los socorridos tenis que nos harían parecer otro adolescente, escuadrón de soldaditos siempre en chándal y deportivas, sino cualquier otro tipo mucho más inadecuado.

La famosa ley de hierro o de bronce de David Ricardo sobre salarios establecía un mínimo socio fisiológico al entender que no basta con sobrevivir, sino que hay unas necesidades sociales o culturales más allá de la subsistencia como organismos vivos, que nuestro sueldo debe cubrir. Por lo visto hasta el liberal clásico Ricardo es demasiado laborista para los tiempos que corren. Con menos aparato conceptual a esto solíamos llamarlo “dignidad”. Creo que no voy a encontrar a nadie que me recuerde a Tom Sawyer, pero sí encuentro a muchos que me recuerdan a Jim.

Una vez, de niño, se me hizo un inoportuno agujero en el zapato y mi madre me dijo que debía esperar a primero de mes para comprarme unos nuevos porque estaba justa de presupuesto, lo que me irritó mucho. Faltaban apenas unos pocos días. Tengo la sospecha de que algunos de mis vecinos llevan años, quizá toda una vida viviendo a fin de mes.




Javier Cluj

Miseria en los zapatos
Javier Cluj, nacido en 1980 con apellidos más comunes. Escritor, profesor y director de escena. Estudios de filología y antropología social. Vida laboral discontinua y errante por España, Alemania, Polonia, Hungría, Rumanía, Turquía, Bulgaria y El Salvador desde hace casi veinte años. Ama el teatro. Conservador solo en formas y maneras. Socialdemócrata y progresista convencido. Orgulloso alumno de escuela pública y de familia obrera. Político fracasado en formaciones políticas centristas. Español sin fanatismo ni vergüenza, pero con muchas dudas y desazones. Activista por los derechos humanos, especialmente preocupado por los inmigrantes, las minorías sexuales y la justicia social. A la derecha dentro de la izquierda. Anticuado entusiasta del progreso y la modernidad. Sueña con una España que labre su gloria ensanchando el caudal del conocimiento científico y de la dignidad humana. Detesta el fútbol. Escéptico y crítico. Amante del arte clásico, de la literatura y de la música antigua sacra. Ateo. Profundo interés por las ciencias sociales. Defensor de la heterodoxia. Exasperante curiosidad. Autor de dos obras de teatro estrenadas y publicadas en Rumanía: “Ionut” y “Acuario” y de otras que no pudo editar. En breve lanza un libro de relatos: “Fabulino”. Cuarenta años de nada y en otros cuarenta será nada. Otra mancha de tinta en este papel.

DOS HOMBRES QUE BAILAN

DOS HOMBRES QUE BAILAN



  

Dos hombres bailan

PUBLICADO EL: 17 ENERO 2022 POR JAVIER CLUJ. 

EN LA REVISTA LA ENZINA




Dios puede esconderse entre los pucheros, escribió Santa Teresa antes que Spinoza. La poesía también puede manifestarse en los anuncios comerciales, aunque sus versos sean viles y oscuros. De hecho es poesía el lenguaje persuasivo que sugiere y oculta sus mensajes con el fin de obtener beneficio de nuestras más comunes e inconfesadas miserias.



Un anuncio del nuevo tabaco de la clase trabajadora, las apuestas, me seduce como el silbido de una serpiente. La casa Codere, con ese nombre más propio de una PYME provincial de transporte de mercancías que de una siniestra empresa de trileros cibernéticos, emitió un aparentemente jocoso consejo comercial. Comienzan mostrando a un cirujano solitario con un fondo verde y cara inexpresiva. Según proclaman, es estadísticamente inevitable fracturarse el menisco jugando amistosamente al fútbol después de los cuarenta. El veneno ya ha sido servido. A los cuarenta evolutivamente empieza la primera fase del envejecimiento. Nuestra especie está diseñada para llegar hasta esa edad sin fallos orgánicos relevantes, salvo trágicas excepciones. En otros tiempos un animal salvaje o una enfermedad infecciosa habría acabado con nuestras existencias antes de descubrir la que hoy es la segunda mitad de la vida. Con esta gráfica inventada identifican a su presa, varón de mediana edad. ¿Por qué?



A los cuarenta, lustro arriba, lustro abajo, hacemos balance de la vida, abandonamos el empecinamiento en definirnos como “jóvenes” y el mundo laboral se vuelve más inhóspito. Quien a esta edad no ha definido su profesión o se encuentra desempeñando un oficio mal remunerado, tiene difícil escapatoria. Si por un despiadado azar se queda sin empleo, muy difícilmente va a encontrar otro. Quien no se casó ni tuvo hijos, quizá ya no lo haga o no pueda hacerlo. Fin de partida, el resto de la vida es la curva descendente de la parábola.



Es ilustrativo el caso del fútbol, el deporte rey en España y el favorito de las clases humildes. Todos los niños sueñan con ser futbolistas de éxito (excepto quien estas letras escribe, soy uno de los tres o cuatro españoles que aborrece el fútbol desde la infancia) y posiblemente ese hombre de cuarenta que juega al fútbol con sus amigos y se rompió la rodilla lo soñó también. El anuncio le recuerda cruelmente no solo que ya no es joven, sino que sus ilusiones de éxito y prosperidad nunca se cumplirán. Y le deja entrever el motivo: es un sujeto mediocre y sin talento.



Ese hombre fue un chico de clase trabajadora, sin dramas, feliz, de colegio público, con una abuela que hacía las mejores croquetas del mundo, de los que fracasó en bachillerato porque, según cree, nunca se le dio bien estudiar, que recuerda su primer cigarrillo o su primer trabajo, que idolatra los simples consejos de su padre, los mismos de los que renegaba cuando era un adolescente, que sacó una formación profesional a destiempo después de deslomarse como albañil, luego jardinero y después comercial de suministros. El amigo más listo de la pandilla estudió ingeniería, se fue a Suiza y gana un fortunón. Otro es funcionario de la diputación provincial y mantiene un apodo estúpido de su etapa escolar. El amigo más basto abrió un bar que es sede y refugio del clan. Este hombre fracasó en sus relaciones de pareja y habla de “las mujeres” como si fueran una especie animal con un comportamiento que se resiste a ser predecible. Cree saber de fútbol, coches, seducción o bebidas alcohólicas, aunque solo es capaz de decir lugares comunes o medias verdades. De lo que verdaderamente sabe, maquetas de barcos de época, le da vergüenza hablar. Conserva algunos usos y valores de la llamada masculinidad patriarcal, esa centenaria subcultura que en ocasiones suele convertir a los grupos de hombres afines en vociferantes hordas de gilipollas que aúllan ruidosamente y sin letra el Seven Nation Army de The White Stripes. No tiene hijos, no está casado o quizá se separó, ha viajado poco y tardíamente, no habla inglés, tiene poco hábito lector y una cultura epidérmica que cubre con una filosofía moral de elaboración casera más solemne que profunda. Si no se hipotecó, vive de alquiler y tiene un coche de segunda mano. No es “ni de izquierdas ni de derechas” y desconfía de los políticos, más que nada, porque no tiene ni idea de política. Asume la igualdad entre hombres y mujeres más por bondad que por convicción. Se ríe con el humor simplote, se informa del mundo por las redes sociales y le gusta el cine donde los hombres son rudos, las mujeres guapas, los malos obvios y todo explota. España es lo peor o lo mejor para él según como se levante ese día, aunque no hay pueblo en todo el orbe como el suyo. Es, en resumidas cuentas, un entrañable fracasado. Este hombre no existe, pero se parece a tantos y tantos hombres que pueblan nuestras vidas y nuestras teleseries, supervivientes de la España democrática que nunca supieron que todo se creó para que ellos nunca triunfaran. Fue pronto convencido de ser un sujeto vulgar y estúpido que solo obtendría la gloria con astucia o por azar.



De este hombre que, en mayor o menor medida, somos todos los que hemos llegado a los cuarenta, se nutren los guiones de las comedias españolas y las arcas de Codere. La siguiente escena muestra a dos varones vestidos con un chándal de aire escolar. Podrían ser dos trabajadores en ERTE o dos parados. Tienen una edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta y una barba escasa. A pesar de su aspecto claramente masculino, destilan fragilidad, ternura. Suena una música marcial, es una marcha de música clásica. De fondo está la barra de un bar y, aún más al fondo, el comedor oscuro y desolado de un indeterminado restaurante. No vemos el rostro del camarero, separado por una pantalla de plexiglás. Los colores del ambiente y de los atuendos son fríos y tristes, verde hospital, ocre, gris. Ambas figuran bailan solas, como los niños de menos de tres años, sin socializar. Están solos, ni siquiera pueden protegerse el uno al otro. El episodio de alegría envuelto en esa atmósfera invita a pensar que danzan sobre el abismo.



En otros anuncios de esta santa casa los hombres lloran o están enfadados, se justifica con humor y se escamotea el verdadero mensaje: tu vida es miserable y no va a cambiar, por eso sufres. Y así, sutilmente, están transformando las frustraciones sociales de una parte de la población masculina en ludopatía. Esos hombres que se esconden para bailar o llorar.

Dos hombres que bailan

DOS HOMBRES QUE BAILAN



  

Dos hombres bailan

PUBLICADO EL: 17 ENERO 2022 POR JAVIER CLUJ. 

EN LA REVISTA LA ENZINA




Dios puede esconderse entre los pucheros, escribió Santa Teresa antes que Spinoza. La poesía también puede manifestarse en los anuncios comerciales, aunque sus versos sean viles y oscuros. De hecho es poesía el lenguaje persuasivo que sugiere y oculta sus mensajes con el fin de obtener beneficio de nuestras más comunes e inconfesadas miserias.



Un anuncio del nuevo tabaco de la clase trabajadora, las apuestas, me seduce como el silbido de una serpiente. La casa Codere, con ese nombre más propio de una PYME provincial de transporte de mercancías que de una siniestra empresa de trileros cibernéticos, emitió un aparentemente jocoso consejo comercial. Comienzan mostrando a un cirujano solitario con un fondo verde y cara inexpresiva. Según proclaman, es estadísticamente inevitable fracturarse el menisco jugando amistosamente al fútbol después de los cuarenta. El veneno ya ha sido servido. A los cuarenta evolutivamente empieza la primera fase del envejecimiento. Nuestra especie está diseñada para llegar hasta esa edad sin fallos orgánicos relevantes, salvo trágicas excepciones. En otros tiempos un animal salvaje o una enfermedad infecciosa habría acabado con nuestras existencias antes de descubrir la que hoy es la segunda mitad de la vida. Con esta gráfica inventada identifican a su presa, varón de mediana edad. ¿Por qué?



A los cuarenta, lustro arriba, lustro abajo, hacemos balance de la vida, abandonamos el empecinamiento en definirnos como “jóvenes” y el mundo laboral se vuelve más inhóspito. Quien a esta edad no ha definido su profesión o se encuentra desempeñando un oficio mal remunerado, tiene difícil escapatoria. Si por un despiadado azar se queda sin empleo, muy difícilmente va a encontrar otro. Quien no se casó ni tuvo hijos, quizá ya no lo haga o no pueda hacerlo. Fin de partida, el resto de la vida es la curva descendente de la parábola.



Es ilustrativo el caso del fútbol, el deporte rey en España y el favorito de las clases humildes. Todos los niños sueñan con ser futbolistas de éxito (excepto quien estas letras escribe, soy uno de los tres o cuatro españoles que aborrece el fútbol desde la infancia) y posiblemente ese hombre de cuarenta que juega al fútbol con sus amigos y se rompió la rodilla lo soñó también. El anuncio le recuerda cruelmente no solo que ya no es joven, sino que sus ilusiones de éxito y prosperidad nunca se cumplirán. Y le deja entrever el motivo: es un sujeto mediocre y sin talento.



Ese hombre fue un chico de clase trabajadora, sin dramas, feliz, de colegio público, con una abuela que hacía las mejores croquetas del mundo, de los que fracasó en bachillerato porque, según cree, nunca se le dio bien estudiar, que recuerda su primer cigarrillo o su primer trabajo, que idolatra los simples consejos de su padre, los mismos de los que renegaba cuando era un adolescente, que sacó una formación profesional a destiempo después de deslomarse como albañil, luego jardinero y después comercial de suministros. El amigo más listo de la pandilla estudió ingeniería, se fue a Suiza y gana un fortunón. Otro es funcionario de la diputación provincial y mantiene un apodo estúpido de su etapa escolar. El amigo más basto abrió un bar que es sede y refugio del clan. Este hombre fracasó en sus relaciones de pareja y habla de “las mujeres” como si fueran una especie animal con un comportamiento que se resiste a ser predecible. Cree saber de fútbol, coches, seducción o bebidas alcohólicas, aunque solo es capaz de decir lugares comunes o medias verdades. De lo que verdaderamente sabe, maquetas de barcos de época, le da vergüenza hablar. Conserva algunos usos y valores de la llamada masculinidad patriarcal, esa centenaria subcultura que en ocasiones suele convertir a los grupos de hombres afines en vociferantes hordas de gilipollas que aúllan ruidosamente y sin letra el Seven Nation Army de The White Stripes. No tiene hijos, no está casado o quizá se separó, ha viajado poco y tardíamente, no habla inglés, tiene poco hábito lector y una cultura epidérmica que cubre con una filosofía moral de elaboración casera más solemne que profunda. Si no se hipotecó, vive de alquiler y tiene un coche de segunda mano. No es “ni de izquierdas ni de derechas” y desconfía de los políticos, más que nada, porque no tiene ni idea de política. Asume la igualdad entre hombres y mujeres más por bondad que por convicción. Se ríe con el humor simplote, se informa del mundo por las redes sociales y le gusta el cine donde los hombres son rudos, las mujeres guapas, los malos obvios y todo explota. España es lo peor o lo mejor para él según como se levante ese día, aunque no hay pueblo en todo el orbe como el suyo. Es, en resumidas cuentas, un entrañable fracasado. Este hombre no existe, pero se parece a tantos y tantos hombres que pueblan nuestras vidas y nuestras teleseries, supervivientes de la España democrática que nunca supieron que todo se creó para que ellos nunca triunfaran. Fue pronto convencido de ser un sujeto vulgar y estúpido que solo obtendría la gloria con astucia o por azar.



De este hombre que, en mayor o menor medida, somos todos los que hemos llegado a los cuarenta, se nutren los guiones de las comedias españolas y las arcas de Codere. La siguiente escena muestra a dos varones vestidos con un chándal de aire escolar. Podrían ser dos trabajadores en ERTE o dos parados. Tienen una edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta y una barba escasa. A pesar de su aspecto claramente masculino, destilan fragilidad, ternura. Suena una música marcial, es una marcha de música clásica. De fondo está la barra de un bar y, aún más al fondo, el comedor oscuro y desolado de un indeterminado restaurante. No vemos el rostro del camarero, separado por una pantalla de plexiglás. Los colores del ambiente y de los atuendos son fríos y tristes, verde hospital, ocre, gris. Ambas figuran bailan solas, como los niños de menos de tres años, sin socializar. Están solos, ni siquiera pueden protegerse el uno al otro. El episodio de alegría envuelto en esa atmósfera invita a pensar que danzan sobre el abismo.



En otros anuncios de esta santa casa los hombres lloran o están enfadados, se justifica con humor y se escamotea el verdadero mensaje: tu vida es miserable y no va a cambiar, por eso sufres. Y así, sutilmente, están transformando las frustraciones sociales de una parte de la población masculina en ludopatía. Esos hombres que se esconden para bailar o llorar.

DOS HOMBRES QUE BAILAN

  
DOS HOMBRES QUE BAILAN

Dos hombres bailan

PUBLICADO EL: 17 ENERO 2022 POR JAVIER CLUJ. 

EN LA REVISTA LA ENZINA




Dios puede esconderse entre los pucheros, escribió Santa Teresa antes que Spinoza. La poesía también puede manifestarse en los anuncios comerciales, aunque sus versos sean viles y oscuros. De hecho, es poesía el lenguaje persuasivo que sugiere y oculta sus mensajes con el fin de obtener beneficio de nuestras más comunes e inconfesadas miserias.



Un anuncio del nuevo tabaco de la clase trabajadora, las apuestas, me seduce como el silbido de una serpiente. La casa Codere, con ese nombre más propio de una PYME provincial de transporte de mercancías que de una siniestra empresa de trileros cibernéticos, emitió un aparentemente jocoso consejo comercial. Comienzan mostrando a un cirujano solitario con un fondo verde y cara inexpresiva. Según proclaman, es estadísticamente inevitable fracturarse el menisco jugando amistosamente al fútbol después de los cuarenta. El veneno ya ha sido servido. A los cuarenta evolutivamente empieza la primera fase del envejecimiento. Nuestra especie está diseñada para llegar hasta esa edad sin fallos orgánicos relevantes, salvo trágicas excepciones. En otros tiempos un animal salvaje o una enfermedad infecciosa habría acabado con nuestras existencias antes de descubrir la que hoy es la segunda mitad de la vida. Con esta gráfica inventada identifican a su presa, varón de mediana edad. ¿Por qué?



A los cuarenta, lustro arriba, lustro abajo, hacemos balance de la vida, abandonamos el empecinamiento en definirnos como “jóvenes” y el mundo laboral se vuelve más inhóspito. Quien a esta edad no ha definido su profesión o se encuentra desempeñando un oficio mal remunerado, tiene difícil escapatoria. Si por un despiadado azar se queda sin empleo, muy difícilmente va a encontrar otro. Quien no se casó ni tuvo hijos, quizá ya no lo haga o no pueda hacerlo. Fin de partida, el resto de la vida es la curva descendente de la parábola.



Es ilustrativo el caso del fútbol, el deporte rey en España y el favorito de las clases humildes. Todos los niños sueñan con ser futbolistas de éxito (excepto quien estas letras escriben, soy uno de los tres o cuatro españoles que aborrece el fútbol desde la infancia) y posiblemente ese hombre de cuarenta que juega al fútbol con sus amigos y se rompió la rodilla lo soñó también. El anuncio le recuerda cruelmente no solo que ya no es joven, sino que sus ilusiones de éxito y prosperidad nunca se cumplirán. Y le deja entrever el motivo: es un sujeto mediocre y sin talento.



Ese hombre fue un chico de clase trabajadora, sin dramas, feliz, de colegio público, con una abuela que hacía las mejores croquetas del mundo, de los que fracasó en bachillerato porque, según cree, nunca se le dio bien estudiar, que recuerda su primer cigarrillo o su primer trabajo, que idolatra los simples consejos de su padre, los mismos de los que renegaba cuando era un adolescente, que sacó una formación profesional a destiempo después de deslomarse como albañil, luego jardinero y después comercial de suministros. El amigo más listo de la pandilla estudió ingeniería, se fue a Suiza y gana un fortunón. Otro es funcionario de la diputación provincial y mantiene un apodo estúpido de su etapa escolar. El amigo más basto abrió un bar que es sede y refugio del clan. Este hombre fracasó en sus relaciones de pareja y habla de “las mujeres” como si fueran una especie animal con un comportamiento que se resiste a ser predecible. Cree saber de fútbol, coches, seducción o bebidas alcohólicas, aunque solo es capaz de decir lugares comunes o medias verdades. De lo que verdaderamente sabe, maquetas de barcos de época, le da vergüenza hablar. Conserva algunos usos y valores de la llamada masculinidad patriarcal, esa centenaria subcultura que en ocasiones suele convertir a los grupos de hombres afines en vociferantes hordas de gilipollas que aúllan ruidosamente y sin letra el Seven Nation Army de The White Stripes. No tiene hijos, no está casado o quizá se separó, ha viajado poco y tardíamente, no habla inglés, tiene poco hábito lector y una cultura epidérmica que cubre con una filosofía moral de elaboración casera más solemne que profunda. Si no se hipotecó, vive de alquiler y tiene un coche de segunda mano. No es “ni de izquierdas ni de derechas” y desconfía de los políticos, más que nada, porque no tiene ni idea de política. Asume la igualdad entre hombres y mujeres más por bondad que por convicción. Se ríe con el humor simplote, se informa del mundo por las redes sociales y le gusta el cine donde los hombres son rudos, las mujeres guapas, los malos obvios y todo explota. España es lo peor o lo mejor para él según como se levante ese día, aunque no hay pueblo en todo el orbe como el suyo. Es, en resumidas cuentas, un entrañable fracasado. Este hombre no existe, pero se parece a tantos y tantos hombres que pueblan nuestras vidas y nuestras teleseries, supervivientes de la España democrática que nunca supieron que todo se creó para que ellos nunca triunfaran. Fue pronto convencido de ser un sujeto vulgar y estúpido que solo obtendría la gloria con astucia o por azar.



De este hombre que, en mayor o menor medida, somos todos los que hemos llegado a los cuarenta, se nutren los guiones de las comedias españolas y las arcas de Codere. La siguiente escena muestra a dos varones vestidos con un chándal de aire escolar. Podrían ser dos trabajadores en ERTE o dos parados. Tienen una edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta y una barba escasa. A pesar de su aspecto claramente masculino, destilan fragilidad, ternura. Suena una música marcial, es una marcha de música clásica. De fondo está la barra de un bar y, aún más al fondo, el comedor oscuro y desolado de un indeterminado restaurante. No vemos el rostro del camarero, separado por una pantalla de plexiglás. Los colores del ambiente y de los atuendos son fríos y tristes, verde hospital, ocre, gris. Ambas figuran bailan solas, como los niños de menos de tres años, sin socializar. Están solos, ni siquiera pueden protegerse el uno al otro. El episodio de alegría envuelto en esa atmósfera invita a pensar que danzan sobre el abismo.



En otros anuncios de esta santa casa los hombres lloran o están enfadados, se justifica con humor y se escamotea el verdadero mensaje: tu vida es miserable y no va a cambiar, por eso sufres. Y así, sutilmente, están transformando las frustraciones sociales de una parte de la población masculina en ludopatía. Esos hombres que se esconden para bailar o llorar.

DOS HOMBRES QUE BAILAN

  
DOS HOMBRES QUE BAILAN

Dos hombres bailan

PUBLICADO EL: 17 ENERO 2022 POR JAVIER CLUJ. 

EN LA REVISTA LA ENZINA




Dios puede esconderse entre los pucheros, escribió Santa Teresa antes que Spinoza. La poesía también puede manifestarse en los anuncios comerciales, aunque sus versos sean viles y oscuros. De hecho, es poesía el lenguaje persuasivo que sugiere y oculta sus mensajes con el fin de obtener beneficio de nuestras más comunes e inconfesadas miserias.



Un anuncio del nuevo tabaco de la clase trabajadora, las apuestas, me seduce como el silbido de una serpiente. La casa Codere, con ese nombre más propio de una PYME provincial de transporte de mercancías que de una siniestra empresa de trileros cibernéticos, emitió un aparentemente jocoso consejo comercial. Comienzan mostrando a un cirujano solitario con un fondo verde y cara inexpresiva. Según proclaman, es estadísticamente inevitable fracturarse el menisco jugando amistosamente al fútbol después de los cuarenta. El veneno ya ha sido servido. A los cuarenta evolutivamente empieza la primera fase del envejecimiento. Nuestra especie está diseñada para llegar hasta esa edad sin fallos orgánicos relevantes, salvo trágicas excepciones. En otros tiempos un animal salvaje o una enfermedad infecciosa habría acabado con nuestras existencias antes de descubrir la que hoy es la segunda mitad de la vida. Con esta gráfica inventada identifican a su presa, varón de mediana edad. ¿Por qué?



A los cuarenta, lustro arriba, lustro abajo, hacemos balance de la vida, abandonamos el empecinamiento en definirnos como “jóvenes” y el mundo laboral se vuelve más inhóspito. Quien a esta edad no ha definido su profesión o se encuentra desempeñando un oficio mal remunerado, tiene difícil escapatoria. Si por un despiadado azar se queda sin empleo, muy difícilmente va a encontrar otro. Quien no se casó ni tuvo hijos, quizá ya no lo haga o no pueda hacerlo. Fin de partida, el resto de la vida es la curva descendente de la parábola.



Es ilustrativo el caso del fútbol, el deporte rey en España y el favorito de las clases humildes. Todos los niños sueñan con ser futbolistas de éxito (excepto quien estas letras escriben, soy uno de los tres o cuatro españoles que aborrece el fútbol desde la infancia) y posiblemente ese hombre de cuarenta que juega al fútbol con sus amigos y se rompió la rodilla lo soñó también. El anuncio le recuerda cruelmente no solo que ya no es joven, sino que sus ilusiones de éxito y prosperidad nunca se cumplirán. Y le deja entrever el motivo: es un sujeto mediocre y sin talento.



Ese hombre fue un chico de clase trabajadora, sin dramas, feliz, de colegio público, con una abuela que hacía las mejores croquetas del mundo, de los que fracasó en bachillerato porque, según cree, nunca se le dio bien estudiar, que recuerda su primer cigarrillo o su primer trabajo, que idolatra los simples consejos de su padre, los mismos de los que renegaba cuando era un adolescente, que sacó una formación profesional a destiempo después de deslomarse como albañil, luego jardinero y después comercial de suministros. El amigo más listo de la pandilla estudió ingeniería, se fue a Suiza y gana un fortunón. Otro es funcionario de la diputación provincial y mantiene un apodo estúpido de su etapa escolar. El amigo más basto abrió un bar que es sede y refugio del clan. Este hombre fracasó en sus relaciones de pareja y habla de “las mujeres” como si fueran una especie animal con un comportamiento que se resiste a ser predecible. Cree saber de fútbol, coches, seducción o bebidas alcohólicas, aunque solo es capaz de decir lugares comunes o medias verdades. De lo que verdaderamente sabe, maquetas de barcos de época, le da vergüenza hablar. Conserva algunos usos y valores de la llamada masculinidad patriarcal, esa centenaria subcultura que en ocasiones suele convertir a los grupos de hombres afines en vociferantes hordas de gilipollas que aúllan ruidosamente y sin letra el Seven Nation Army de The White Stripes. No tiene hijos, no está casado o quizá se separó, ha viajado poco y tardíamente, no habla inglés, tiene poco hábito lector y una cultura epidérmica que cubre con una filosofía moral de elaboración casera más solemne que profunda. Si no se hipotecó, vive de alquiler y tiene un coche de segunda mano. No es “ni de izquierdas ni de derechas” y desconfía de los políticos, más que nada, porque no tiene ni idea de política. Asume la igualdad entre hombres y mujeres más por bondad que por convicción. Se ríe con el humor simplote, se informa del mundo por las redes sociales y le gusta el cine donde los hombres son rudos, las mujeres guapas, los malos obvios y todo explota. España es lo peor o lo mejor para él según como se levante ese día, aunque no hay pueblo en todo el orbe como el suyo. Es, en resumidas cuentas, un entrañable fracasado. Este hombre no existe, pero se parece a tantos y tantos hombres que pueblan nuestras vidas y nuestras teleseries, supervivientes de la España democrática que nunca supieron que todo se creó para que ellos nunca triunfaran. Fue pronto convencido de ser un sujeto vulgar y estúpido que solo obtendría la gloria con astucia o por azar.



De este hombre que, en mayor o menor medida, somos todos los que hemos llegado a los cuarenta, se nutren los guiones de las comedias españolas y las arcas de Codere. La siguiente escena muestra a dos varones vestidos con un chándal de aire escolar. Podrían ser dos trabajadores en ERTE o dos parados. Tienen una edad indeterminada entre los treinta y los cuarenta y una barba escasa. A pesar de su aspecto claramente masculino, destilan fragilidad, ternura. Suena una música marcial, es una marcha de música clásica. De fondo está la barra de un bar y, aún más al fondo, el comedor oscuro y desolado de un indeterminado restaurante. No vemos el rostro del camarero, separado por una pantalla de plexiglás. Los colores del ambiente y de los atuendos son fríos y tristes, verde hospital, ocre, gris. Ambas figuran bailan solas, como los niños de menos de tres años, sin socializar. Están solos, ni siquiera pueden protegerse el uno al otro. El episodio de alegría envuelto en esa atmósfera invita a pensar que danzan sobre el abismo.



En otros anuncios de esta santa casa los hombres lloran o están enfadados, se justifica con humor y se escamotea el verdadero mensaje: tu vida es miserable y no va a cambiar, por eso sufres. Y así, sutilmente, están transformando las frustraciones sociales de una parte de la población masculina en ludopatía. Esos hombres que se esconden para bailar o llorar.

Fabulino

 

Fabulino

 



FABULINO, AUTOR: JAVIER CLUJ





















“Fabulino” era el dios romano que enseñaba sus primeras palabras a los niños, sin embargo este volumen de relatos, lector, no es para niños. Si los quiere, no permita que los lean hasta que dejen de serlo. Aquí palidece la felicidad con la que se recuerdan esos años. No son retratos ni estampas de la realidad, beben más de la literatura que del mundo; son más otro mundo que a veces refleja el nuestro. Son los sótanos de la infancia, nos recuerdan todo lo que queremos olvidar o no nos cuentan. Quiero creer que le gustarán, pero solo puedo asegurarle que no le dejarán indiferente.

El autor


El curioso lector que en estos letrados jardines se adentre no se sentirá defraudado ni mucho menos aburrido: son muy anchas y hondas las claves culturales y humanas que Javier maneja. Legión son también sus mundos evocados, sus lugares recorridos, sus infancias atisbadas y reconocidas. “Fabulino” resulta, así pues, un conjunto de cuentos singular y peregrino, “peregrino” en la quinta acepción que le atribuye el DRAE: “extraño, especial, raro o pocas veces visto”

Vicente Cervera Salinas

Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia 


Fabulino de Javier Cluj
ISBN: 9788412339796
Páginas: 130
Año: Mar-2021

Fabulino

 



Fabulino de Javier Cluj


“Fabulino” era el dios romano que enseñaba sus primeras palabras a los niños, sin embargo este volumen de relatos, lector, no es para niños. Si los quiere, no permita que los lean hasta que dejen de serlo. Aquí palidece la felicidad con la que se recuerdan esos años. No son retratos ni estampas de la realidad, beben más de la literatura que del mundo; son más otro mundo que a veces refleja el nuestro. Son los sótanos de la infancia, nos recuerdan todo lo que queremos olvidar o no nos cuentan. Quiero creer que le gustarán, pero solo puedo asegurarle que no le dejarán indiferente.



El autor


El curioso lector que en estos letrados jardines se adentre no se sentirá defraudado ni mucho menos aburrido: son muy anchas y hondas las claves culturales y humanas que Javier maneja. Legión son también sus mundos evocados, sus lugares recorridos, sus infancias atisbadas y reconocidas. “Fabulino” resulta, así pues, un conjunto de cuentos singular y peregrino, “peregrino” en la quinta acepción que le atribuye el DRAE: “extraño, especial, raro o pocas veces visto”


Vicente Cervera Salinas. Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia


Fabulino, de Javier Cluj

ISBN: 9788412339796

Páginas: 130

Año: Mar-2021

Fabulino

 



Fabulino de Javier Cluj


“Fabulino” era el dios romano que enseñaba sus primeras palabras a los niños, sin embargo este volumen de relatos, lector, no es para niños. Si los quiere, no permita que los lean hasta que dejen de serlo. Aquí palidece la felicidad con la que se recuerdan esos años. No son retratos ni estampas de la realidad, beben más de la literatura que del mundo; son más otro mundo que a veces refleja el nuestro. Son los sótanos de la infancia, nos recuerdan todo lo que queremos olvidar o no nos cuentan. Quiero creer que le gustarán, pero solo puedo asegurarle que no le dejarán indiferente.



El autor


El curioso lector que en estos letrados jardines se adentre no se sentirá defraudado ni mucho menos aburrido: son muy anchas y hondas las claves culturales y humanas que Javier maneja. Legión son también sus mundos evocados, sus lugares recorridos, sus infancias atisbadas y reconocidas. “Fabulino” resulta, así pues, un conjunto de cuentos singular y peregrino, “peregrino” en la quinta acepción que le atribuye el DRAE: “extraño, especial, raro o pocas veces visto”


Vicente Cervera Salinas. Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia


Fabulino, de Javier Cluj

ISBN: 9788412339796

Páginas: 130

Año: Mar-2021

Fabulino

Fabulino


Fabulino de Javier Cluj


“Fabulino” era el dios romano que enseñaba sus primeras palabras a los niños, sin embargo este volumen de relatos, lector, no es para niños. Si los quiere, no permita que los lean hasta que dejen de serlo. Aquí palidece la felicidad con la que se recuerdan esos años. No son retratos ni estampas de la realidad, beben más de la literatura que del mundo; son más otro mundo que a veces refleja el nuestro. Son los sótanos de la infancia, nos recuerdan todo lo que queremos olvidar o no nos cuentan. Quiero creer que le gustarán, pero solo puedo asegurarle que no le dejarán indiferente.



El autor


El curioso lector que en estos letrados jardines se adentre no se sentirá defraudado ni mucho menos aburrido: son muy anchas y hondas las claves culturales y humanas que Javier maneja. Legión son también sus mundos evocados, sus lugares recorridos, sus infancias atisbadas y reconocidas. “Fabulino” resulta, así pues, un conjunto de cuentos singular y peregrino, “peregrino” en la quinta acepción que le atribuye el DRAE: “extraño, especial, raro o pocas veces visto”


Vicente Cervera Salinas. Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia


Fabulino, de Javier Cluj

ISBN: 9788412339796

Páginas: 130

Año: Mar-2021

Fabulino

JAVIER CLUJ




















Fabulino de Javier Cluj



“Fabulino” era el dios romano que enseñaba sus primeras palabras a los niños, sin embargo este volumen de relatos, lector, no es para niños. Si los quiere, no permita que los lean hasta que dejen de serlo. Aquí palidece la felicidad con la que se recuerdan esos años. No son retratos ni estampas de la realidad, beben más de la literatura que del mundo; son más otro mundo que a veces refleja el nuestro. Son los sótanos de la infancia, nos recuerdan todo lo que queremos olvidar o no nos cuentan. Quiero creer que le gustarán, pero solo puedo asegurarle que no le dejarán indiferente.

El autor



El curioso lector que en estos letrados jardines se adentre no se sentirá defraudado ni mucho menos aburrido: son muy anchas y hondas las claves culturales y humanas que Javier maneja. Legión son también sus mundos evocados, sus lugares recorridos, sus infancias atisbadas y reconocidas. “Fabulino” resulta, así pues, un conjunto de cuentos singular y peregrino, “peregrino” en la quinta acepción que le atribuye el DRAE: “extraño, especial, raro o pocas veces visto”

Vicente Cervera Salinas

Catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia 



Fabulino de Javier Cluj
ISBN: 9788412339796
Páginas: 130
Año: Mar-2021