Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Molina Franco. Mostrar todas las entradas
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Cencerrá

 

Cencerrá*


Andrès Molina Franco
Instituto de Estudios Almerienses.


El ruido de cacharros y latas se escucha en todo el pueblo de Macael. La noche ha caído pronto, la sierra está llena de nieve y el frio se cuela por las rendijas de la puerta bien cerrada. Es la segunda noche de cencerrá, el nuevo matrimonio de viudo y viuda no han compartido su buena nueva con los jóvenes del barrio y el sueño en sus primeras madrugadas de ajuar renovado será difícil de conciliar

Dentro de la casa, una bombilla apenas ilumina la cocina, un caldo de puchero y unas cuantas ramas secas en la chimenea dan un poco de calor. En la vitrina una botella de Soberano empolvada, dialoga con el transparente Chinchón, siempre pegajoso. Las copas son de la anterior unión, aquellas que nunca chocaron en un brindis y siempre estuvieron llenas de botones, alfileres y hebras de hilos de colores.

El viudo hombre curtido entre mármoles, de carácter adusto, de itinerario fijo… de la casa a la cantera y de la casa al cortijo del Marchal. Los bares para él no abren y solo su devoción por San Marcos trae el gasto de un hornazo de un solo huevo en todo el año. Su tacañería dejó a la cuadrilla de mozos indignada y el motivo del jolgorio justificado. Las escaleras de la Cruz de los Caídos, son el punto de reunión para la escandalosa comitiva, las sartenes tiznás, los peroles agujereaos, las latas de carne de membrillo y del Colacaollenas de piedras, la caracola de los barrenos y los pitos de la bocina del Comet,todo en armoniosa orquesta afinada por un cencerro.

La viuda, mujer joven de diez años menos, de luto riguroso por la enfermedad traicionera de la silicosis, sin hijos y con padres a los que cuidar, con vecina chismosa, casamentera y arrejuntaculos, que ha convencido y convenido, apañando el enlace de la pareja.

La empinada cuesta conduce a la morada del matrimonio, agasajado con tanto estruendo, unas linternas de petaca ayudan a ver el camino, la era corona el trecho donde la fiesta explota, una cornamenta de cabra y la quijá de un burro, son adornos y regalos, presentes enganchados en la reja de la ventana del dormitorio.

En el comedor del hogar conyugal el reloj de pared balancea el péndulo, la mujer lo mira intranquila, su acompañante en silencio, traquetea nervioso la pierna, mira la escopeta y los cartuchos de sal, solución inmadura para acallar con dos tiros al aire a la concurrida visita.

El colchón de lana y el somier de muelles destensados, la mesita de noche con la palmatoria de porcelana y el crucifijo en la pared, esperan al silencio que no llega.

Fuera se anima el jolgorio, el vino y el coñac mitigan el frio, las canciones y los aporreos en la puerta, ponen de manifiesto la pedida de un aguinaldo que las acalle y que esta noche no verán. Un saco de arpillera, maúlla, dos gatos han entrado en la trampa y la chimenea en el tejado de tierra launa será su salida; los animales asustados caen precipitados por el cañón ennegreció a las últimas ascuas, sus almohadillas de uñas afiladas apenas las rozan; los dos nuevos inquilinos con el pelo erizado y los ojos desencajados han rasgado la cortina de tela viendo el trasluz de una ventana como posible escapatoria al aire libre.

Las risas y el escándalo aumentan extramuros, el novio viudo, mufa, la novia viuda con la escoba en ristre apalea a los inocentes felinos camino del patio.

Las campanas de la madrugada retiran a los mozos a sus casas, el sereno no ha querido encontrarlos, no han conseguido ni un garbanzo torrao, ni un haba seca. Los instrumentos musicales no se han desafinado después de la velada y mañana volverán a la calle para intentar ablandar el bolsillo de los contrayentes.

Desde aquella última cencerrada, la vieja teniente de los dos oídos y que no escuchó las noches de bulla y ruido le pregunta al incauto viudo:

¿Te casaste Misindo? Siiiii… ¡Lástima de mujer!,¿Con quién hijo mío?... ¡Con Estefanía!... ¡Lástima de hombre!



La Cencerrá es una fiesta que se celebraba con motivo de un casamiento principalmente entre viudos o un viudo y una soltera, en la que los jóvenes del pueblo acudían a la puerta del domicilio de los contrayentes a recibir licores y viandas para celebrar el enlace. Si esto no se producía, durante varias noches se molestaba al nuevo matrimonio, con bromas y canciones obscenas.


Cencerrá


Grupo de amigos entorno a El Chaspas, alguacil muy querido en el pueblo. Entre los jóvenes podemos ver en el centro de la imagen a Eduardo Cruz, escultor local de gran trayectoria artística.

Macael antigua.



Cencerrá

 

Cencerrá*


Andrès Molina Franco
Instituto de Estudios Almerienses.


El ruido de cacharros y latas se escucha en todo el pueblo de Macael. La noche ha caído pronto, la sierra está llena de nieve y el frio se cuela por las rendijas de la puerta bien cerrada. Es la segunda noche de cencerrá, el nuevo matrimonio de viudo y viuda no han compartido su buena nueva con los jóvenes del barrio y el sueño en sus primeras madrugadas de ajuar renovado será difícil de conciliar

Dentro de la casa, una bombilla apenas ilumina la cocina, un caldo de puchero y unas cuantas ramas secas en la chimenea dan un poco de calor. En la vitrina una botella de Soberano empolvada, dialoga con el transparente Chinchón, siempre pegajoso. Las copas son de la anterior unión, aquellas que nunca chocaron en un brindis y siempre estuvieron llenas de botones, alfileres y hebras de hilos de colores.

El viudo hombre curtido entre mármoles, de carácter adusto, de itinerario fijo… de la casa a la cantera y de la casa al cortijo del Marchal. Los bares para él no abren y solo su devoción por San Marcos trae el gasto de un hornazo de un solo huevo en todo el año. Su tacañería dejó a la cuadrilla de mozos indignada y el motivo del jolgorio justificado. Las escaleras de la Cruz de los Caídos, son el punto de reunión para la escandalosa comitiva, las sartenes tiznás, los peroles agujereaos, las latas de carne de membrillo y del Colacaollenas de piedras, la caracola de los barrenos y los pitos de la bocina del Comet,todo en armoniosa orquesta afinada por un cencerro.

La viuda, mujer joven de diez años menos, de luto riguroso por la enfermedad traicionera de la silicosis, sin hijos y con padres a los que cuidar, con vecina chismosa, casamentera y arrejuntaculos, que ha convencido y convenido, apañando el enlace de la pareja.

La empinada cuesta conduce a la morada del matrimonio, agasajado con tanto estruendo, unas linternas de petaca ayudan a ver el camino, la era corona el trecho donde la fiesta explota, una cornamenta de cabra y la quijá de un burro, son adornos y regalos, presentes enganchados en la reja de la ventana del dormitorio.

En el comedor del hogar conyugal el reloj de pared balancea el péndulo, la mujer lo mira intranquila, su acompañante en silencio, traquetea nervioso la pierna, mira la escopeta y los cartuchos de sal, solución inmadura para acallar con dos tiros al aire a la concurrida visita.

El colchón de lana y el somier de muelles destensados, la mesita de noche con la palmatoria de porcelana y el crucifijo en la pared, esperan al silencio que no llega.

Fuera se anima el jolgorio, el vino y el coñac mitigan el frio, las canciones y los aporreos en la puerta, ponen de manifiesto la pedida de un aguinaldo que las acalle y que esta noche no verán. Un saco de arpillera, maúlla, dos gatos han entrado en la trampa y la chimenea en el tejado de tierra launa será su salida; los animales asustados caen precipitados por el cañón ennegreció a las últimas ascuas, sus almohadillas de uñas afiladas apenas las rozan; los dos nuevos inquilinos con el pelo erizado y los ojos desencajados han rasgado la cortina de tela viendo el trasluz de una ventana como posible escapatoria al aire libre.

Las risas y el escándalo aumentan extramuros, el novio viudo, mufa, la novia viuda con la escoba en ristre apalea a los inocentes felinos camino del patio.

Las campanas de la madrugada retiran a los mozos a sus casas, el sereno no ha querido encontrarlos, no han conseguido ni un garbanzo torrao, ni un haba seca. Los instrumentos musicales no se han desafinado después de la velada y mañana volverán a la calle para intentar ablandar el bolsillo de los contrayentes.

Desde aquella última cencerrada, la vieja teniente de los dos oídos y que no escuchó las noches de bulla y ruido le pregunta al incauto viudo:

¿Te casaste Misindo? Siiiii… ¡Lástima de mujer!,¿Con quién hijo mío?... ¡Con Estefanía!... ¡Lástima de hombre!



La Cencerrá es una fiesta que se celebraba con motivo de un casamiento principalmente entre viudos o un viudo y una soltera, en la que los jóvenes del pueblo acudían a la puerta del domicilio de los contrayentes a recibir licores y viandas para celebrar el enlace. Si esto no se producía, durante varias noches se molestaba al nuevo matrimonio, con bromas y canciones obscenas.


Cencerrá


Grupo de amigos entorno a El Chaspas, alguacil muy querido en el pueblo. Entre los jóvenes podemos ver en el centro de la imagen a Eduardo Cruz, escultor local de gran trayectoria artística.

Macael antigua.



Cencerrá

 

Cencerrá*


Andrès Molina Franco
Instituto de Estudios Almerienses.


El ruido de cacharros y latas se escucha en todo el pueblo de Macael. La noche ha caído pronto, la sierra está llena de nieve y el frio se cuela por las rendijas de la puerta bien cerrada. Es la segunda noche de cencerrá, el nuevo matrimonio de viudo y viuda no han compartido su buena nueva con los jóvenes del barrio y el sueño en sus primeras madrugadas de ajuar renovado será difícil de conciliar

Dentro de la casa, una bombilla apenas ilumina la cocina, un caldo de puchero y unas cuantas ramas secas en la chimenea dan un poco de calor. En la vitrina una botella de Soberano empolvada, dialoga con el transparente Chinchón, siempre pegajoso. Las copas son de la anterior unión, aquellas que nunca chocaron en un brindis y siempre estuvieron llenas de botones, alfileres y hebras de hilos de colores.

El viudo hombre curtido entre mármoles, de carácter adusto, de itinerario fijo… de la casa a la cantera y de la casa al cortijo del Marchal. Los bares para él no abren y solo su devoción por San Marcos trae el gasto de un hornazo de un solo huevo en todo el año. Su tacañería dejó a la cuadrilla de mozos indignada y el motivo del jolgorio justificado. Las escaleras de la Cruz de los Caídos, son el punto de reunión para la escandalosa comitiva, las sartenes tiznás, los peroles agujereaos, las latas de carne de membrillo y del Colacaollenas de piedras, la caracola de los barrenos y los pitos de la bocina del Comet,todo en armoniosa orquesta afinada por un cencerro.

La viuda, mujer joven de diez años menos, de luto riguroso por la enfermedad traicionera de la silicosis, sin hijos y con padres a los que cuidar, con vecina chismosa, casamentera y arrejuntaculos, que ha convencido y convenido, apañando el enlace de la pareja.

La empinada cuesta conduce a la morada del matrimonio, agasajado con tanto estruendo, unas linternas de petaca ayudan a ver el camino, la era corona el trecho donde la fiesta explota, una cornamenta de cabra y la quijá de un burro, son adornos y regalos, presentes enganchados en la reja de la ventana del dormitorio.

En el comedor del hogar conyugal el reloj de pared balancea el péndulo, la mujer lo mira intranquila, su acompañante en silencio, traquetea nervioso la pierna, mira la escopeta y los cartuchos de sal, solución inmadura para acallar con dos tiros al aire a la concurrida visita.

El colchón de lana y el somier de muelles destensados, la mesita de noche con la palmatoria de porcelana y el crucifijo en la pared, esperan al silencio que no llega.

Fuera se anima el jolgorio, el vino y el coñac mitigan el frio, las canciones y los aporreos en la puerta, ponen de manifiesto la pedida de un aguinaldo que las acalle y que esta noche no verán. Un saco de arpillera, maúlla, dos gatos han entrado en la trampa y la chimenea en el tejado de tierra launa será su salida; los animales asustados caen precipitados por el cañón ennegreció a las últimas ascuas, sus almohadillas de uñas afiladas apenas las rozan; los dos nuevos inquilinos con el pelo erizado y los ojos desencajados han rasgado la cortina de tela viendo el trasluz de una ventana como posible escapatoria al aire libre.

Las risas y el escándalo aumentan extramuros, el novio viudo, mufa, la novia viuda con la escoba en ristre apalea a los inocentes felinos camino del patio.

Las campanas de la madrugada retiran a los mozos a sus casas, el sereno no ha querido encontrarlos, no han conseguido ni un garbanzo torrao, ni un haba seca. Los instrumentos musicales no se han desafinado después de la velada y mañana volverán a la calle para intentar ablandar el bolsillo de los contrayentes.

Desde aquella última cencerrada, la vieja teniente de los dos oídos y que no escuchó las noches de bulla y ruido le pregunta al incauto viudo:

¿Te casaste Misindo? Siiiii… ¡Lástima de mujer!,¿Con quién hijo mío?... ¡Con Estefanía!... ¡Lástima de hombre!



La Cencerrá es una fiesta que se celebraba con motivo de un casamiento principalmente entre viudos o un viudo y una soltera, en la que los jóvenes del pueblo acudían a la puerta del domicilio de los contrayentes a recibir licores y viandas para celebrar el enlace. Si esto no se producía, durante varias noches se molestaba al nuevo matrimonio, con bromas y canciones obscenas.


Cencerrá


Grupo de amigos entorno a El Chaspas, alguacil muy querido en el pueblo. Entre los jóvenes podemos ver en el centro de la imagen a Eduardo Cruz, escultor local de gran trayectoria artística.

Macael antigua.



Cencerrá

 

Cencerrá*


Andrès Molina Franco
Instituto de Estudios Almerienses.


El ruido de cacharros y latas se escucha en todo el pueblo de Macael. La noche ha caído pronto, la sierra está llena de nieve y el frio se cuela por las rendijas de la puerta bien cerrada. Es la segunda noche de cencerrá, el nuevo matrimonio de viudo y viuda no han compartido su buena nueva con los jóvenes del barrio y el sueño en sus primeras madrugadas de ajuar renovado será difícil de conciliar

Dentro de la casa, una bombilla apenas ilumina la cocina, un caldo de puchero y unas cuantas ramas secas en la chimenea dan un poco de calor. En la vitrina una botella de Soberano empolvada, dialoga con el transparente Chinchón, siempre pegajoso. Las copas son de la anterior unión, aquellas que nunca chocaron en un brindis y siempre estuvieron llenas de botones, alfileres y hebras de hilos de colores.

El viudo hombre curtido entre mármoles, de carácter adusto, de itinerario fijo… de la casa a la cantera y de la casa al cortijo del Marchal. Los bares para él no abren y solo su devoción por San Marcos trae el gasto de un hornazo de un solo huevo en todo el año. Su tacañería dejó a la cuadrilla de mozos indignada y el motivo del jolgorio justificado. Las escaleras de la Cruz de los Caídos, son el punto de reunión para la escandalosa comitiva, las sartenes tiznás, los peroles agujereaos, las latas de carne de membrillo y del Colacaollenas de piedras, la caracola de los barrenos y los pitos de la bocina del Comet,todo en armoniosa orquesta afinada por un cencerro.

La viuda, mujer joven de diez años menos, de luto riguroso por la enfermedad traicionera de la silicosis, sin hijos y con padres a los que cuidar, con vecina chismosa, casamentera y arrejuntaculos, que ha convencido y convenido, apañando el enlace de la pareja.

La empinada cuesta conduce a la morada del matrimonio, agasajado con tanto estruendo, unas linternas de petaca ayudan a ver el camino, la era corona el trecho donde la fiesta explota, una cornamenta de cabra y la quijá de un burro, son adornos y regalos, presentes enganchados en la reja de la ventana del dormitorio.

En el comedor del hogar conyugal el reloj de pared balancea el péndulo, la mujer lo mira intranquila, su acompañante en silencio, traquetea nervioso la pierna, mira la escopeta y los cartuchos de sal, solución inmadura para acallar con dos tiros al aire a la concurrida visita.

El colchón de lana y el somier de muelles destensados, la mesita de noche con la palmatoria de porcelana y el crucifijo en la pared, esperan al silencio que no llega.

Fuera se anima el jolgorio, el vino y el coñac mitigan el frio, las canciones y los aporreos en la puerta, ponen de manifiesto la pedida de un aguinaldo que las acalle y que esta noche no verán. Un saco de arpillera, maúlla, dos gatos han entrado en la trampa y la chimenea en el tejado de tierra launa será su salida; los animales asustados caen precipitados por el cañón ennegreció a las últimas ascuas, sus almohadillas de uñas afiladas apenas las rozan; los dos nuevos inquilinos con el pelo erizado y los ojos desencajados han rasgado la cortina de tela viendo el trasluz de una ventana como posible escapatoria al aire libre.

Las risas y el escándalo aumentan extramuros, el novio viudo, mufa, la novia viuda con la escoba en ristre apalea a los inocentes felinos camino del patio.

Las campanas de la madrugada retiran a los mozos a sus casas, el sereno no ha querido encontrarlos, no han conseguido ni un garbanzo torrao, ni un haba seca. Los instrumentos musicales no se han desafinado después de la velada y mañana volverán a la calle para intentar ablandar el bolsillo de los contrayentes.

Desde aquella última cencerrada, la vieja teniente de los dos oídos y que no escuchó las noches de bulla y ruido le pregunta al incauto viudo:

¿Te casaste Misindo? Siiiii… ¡Lástima de mujer!,¿Con quién hijo mío?... ¡Con Estefanía!... ¡Lástima de hombre!



La Cencerrá es una fiesta que se celebraba con motivo de un casamiento principalmente entre viudos o un viudo y una soltera, en la que los jóvenes del pueblo acudían a la puerta del domicilio de los contrayentes a recibir licores y viandas para celebrar el enlace. Si esto no se producía, durante varias noches se molestaba al nuevo matrimonio, con bromas y canciones obscenas.


Cencerrá


Grupo de amigos entorno a El Chaspas, alguacil muy querido en el pueblo. Entre los jóvenes podemos ver en el centro de la imagen a Eduardo Cruz, escultor local de gran trayectoria artística.

Macael antigua.



La bola de nieve

La huella del mármol


           LA HUELLA DEL MÁRMOL
INSTITUTO DE ESTUDIOS ALMERIENSES



Andrés Molina Franco

  Andrés Molina Franco.

 

                      

LA BOLA DE NIEVE.

 

         No había caído tanta nieve desde aquella triste tarde del treinta y seis, las canteras blanquean todos los inviernos y algunos copos bajan empujados por la ventisca que peina las faldas de la Tetica; la luz tenue la atraviesa, amontonando la fría capa sobre los fregaderos sin terminar encima del tanto[1].

         En el Cruce, la carretera pierde la cuneta, los surcos del Comet se difuminan y los olivos atrapan en sus ramas la nívea manta, el porton del taller acumula en la rampa hojas lanceoladas del sombraje desvestido. El espectáculo natural ralentiza el trabajo, detrás de la ventana flejada el cincelista fuma lanzando el humo fuera, los perros agachados tiemblan pegados a las ascuas de un tronco ardiendo y la maceta descalza cae al agua de la cubeta, para hinchar su astil.

         Hace rato la campana dio las cinco, no se ha escuchado ninguna tómica[2] y la arriera tampoco se ha entretenido recogiendo los cestos. El hectómetro de piedra apenas deja ver su número perdido entre la cal y el hielo; cuatro críos suben por la cuesta la Cañá buscando la nieve, los guantes chorrean húmedos en sus bolsillos, cubiertos hasta las pantorrillas saltan pisando la mullida alfombra blanca; un redondel limpia el espacio de juego, en el centro una tosca bola engorda su diámetro helado, pegote a pegote.

         Un empujón balancea la figura congelada despegando la base mezclada con tierra, rueda un palmo, se desequilibra volcando a un lado, a simple vista la esfera irregular va tomando forma, la presión de los dedos apelmaza el material frio. Un crio aprovecha para subirse encima del asiento rodante, sin frenos gira cayendo al embarrado suelo entre risas de los demás, su cuerpo enclenque recibe pelotazos de nieve, reventando en estrellas.

         Apenas sobra tarde, la noche se apresura aciaga, un sopapo y una sopa caliente esperan en la cocina de la casa; durante la madrugada el regalo del cielo sigue llegando, los maderos del techo gruñen sujetando la carga, la poca pendiente de las tejas lo retienen a la espera de una pala que ayude a verterlo al callejón. La mañana hiela, la bola de nieve se endurece aún más, la carretera de asfalto y sin quitamiedos abre el camino, los empujones dibujan la redondez que agiliza su marcha y engorda la barriga.

         La curva del barrio del Carmen arranca en la puerta del taller del Maestrillo, las mujeres se asoman en las ventanas, ya no bastan cuatro chiquillos, ocho o diez la empujan; un palo de almez la apalanca y un rastrillo aparta las escallas[3]. La cuneta en el terraplén cede su nieve al gigante esférico, donde el diámetro tapa las figuras esforzadas. Desde el barrio de san Andrés los parroquianos subidos en los terraos miran el paso por la Cañada. Un camión renqueando con una fila de fregaderos se cruza, el varal la raspa desviándola al garaje de Antonio el de Martín, lejos de la fragua de Andrés, no vaya a derretirse con el calor de los punteros recién aguzados.

         La calle Larga ensancha en el Cuartel, el guardia de puertas bajo el capote y el tricornio hace la vista gorda, su bigote poblado de bello y nicotina regala una leve sonrisa de connivencia. El almuerzo deja la fiesta para la tarde, la tierra mezclada en la masa helada apelmaza la bola; junto al parterre sirve de improvisado tobogán resbaladizo acabado en barrizal. Los zapatos agrietados por el agua, auguran un resfriado de miel y manta, los adoquines de serpentina rayan la superficie acelerando la caída frenada en el callejón de Ramón el Chumbo. El tramo hasta la iglesia añade más hielo, la puerta de la Rosa atesta de canteros, un incrédulo pregunta … ¿de qué cantera es el bolo tan redondo?de la bancá blanca -se escucha desde un velador en el interior-.

         Don Manuel en la escalera de su casa parroquial, no se atreve a salir por miedo a un atropello, la misa puede esperar y siempre será mejor con el cura vivo. La barbería en hora de afeitados, convierte en apuestas el peso, cincuenta, setenta y hasta quinientas arrobas, calcula un carretero dispuesto a sacar sus bueyes para arrastrarla.

         La plaza congrega a todos los muchachos del barrio de las Latas y del Arte, por donde ha corrido la voz; la virgen del Rosario extraña el alboroto de la calle y el niño quiere bajarse del brazo para achuchar. Dos coches a ralentí esperan a que entre en la explanada la comitiva, una recepción oficial en el balcón del ayuntamiento, da la bienvenida a la visita congelada, sin banda de música ni trajes de domingo. El deambulatorio pasa hoy por la iglesia y la plaza, una escalera apoyada invita a escalar los dos metros y saltar al suelo desde su cumbre.

         El termómetro del farmacéutico no se animó a subir en toda la semana, apenas la esfera se deformó en su deshielo, un hilo de agua continua estuvo bajando por el porche de los Caños, mas de un mes, la launa quedo seca en el lugar hasta las fiestas de octubre y un borracho confundió su blancura con la luna una noche sin gas pobre que iluminase la farola, pensando que había caído el universo.

         Ahora, sonrío mirando la foto arrugada, mis manos se entumecen con solo tocarla. ¡Uf que frío!

Dr,  Carlos Ballesta


  El  Dr. Carlos Ballesta López subido en la bola de nieve, A la izquierda su padre el Dr. Francisco Ballesta, en Macael. 1959.

 Fot. Colección Familia Ballesta.


 

 


Bola de nieve. Boston 1856. Ballou's Pictorial Drawing. Room Companion. Boston, MA.

 

 



 



[1] Paralelepípedo de mármol utilizado como soporte en la elaboración de piezas.

[2] Fuerte explosión producida en la cantera en operaciones de espizarre.

[3] Fragmentos de piedra producidos en el desbaste con puntero.

La bola de nieve

La huella del mármol


           LA HUELLA DEL MÁRMOL
INSTITUTO DE ESTUDIOS ALMERIENSES



Andrés Molina Franco

  Andrés Molina Franco.

 

                      

LA BOLA DE NIEVE.

 

         No había caído tanta nieve desde aquella triste tarde del treinta y seis, las canteras blanquean todos los inviernos y algunos copos bajan empujados por la ventisca que peina las faldas de la Tetica; la luz tenue la atraviesa, amontonando la fría capa sobre los fregaderos sin terminar encima del tanto[1].

         En el Cruce, la carretera pierde la cuneta, los surcos del Comet se difuminan y los olivos atrapan en sus ramas la nívea manta, el porton del taller acumula en la rampa hojas lanceoladas del sombraje desvestido. El espectáculo natural ralentiza el trabajo, detrás de la ventana flejada el cincelista fuma lanzando el humo fuera, los perros agachados tiemblan pegados a las ascuas de un tronco ardiendo y la maceta descalza cae al agua de la cubeta, para hinchar su astil.

         Hace rato la campana dio las cinco, no se ha escuchado ninguna tómica[2] y la arriera tampoco se ha entretenido recogiendo los cestos. El hectómetro de piedra apenas deja ver su número perdido entre la cal y el hielo; cuatro críos suben por la cuesta la Cañá buscando la nieve, los guantes chorrean húmedos en sus bolsillos, cubiertos hasta las pantorrillas saltan pisando la mullida alfombra blanca; un redondel limpia el espacio de juego, en el centro una tosca bola engorda su diámetro helado, pegote a pegote.

         Un empujón balancea la figura congelada despegando la base mezclada con tierra, rueda un palmo, se desequilibra volcando a un lado, a simple vista la esfera irregular va tomando forma, la presión de los dedos apelmaza el material frio. Un crio aprovecha para subirse encima del asiento rodante, sin frenos gira cayendo al embarrado suelo entre risas de los demás, su cuerpo enclenque recibe pelotazos de nieve, reventando en estrellas.

         Apenas sobra tarde, la noche se apresura aciaga, un sopapo y una sopa caliente esperan en la cocina de la casa; durante la madrugada el regalo del cielo sigue llegando, los maderos del techo gruñen sujetando la carga, la poca pendiente de las tejas lo retienen a la espera de una pala que ayude a verterlo al callejón. La mañana hiela, la bola de nieve se endurece aún más, la carretera de asfalto y sin quitamiedos abre el camino, los empujones dibujan la redondez que agiliza su marcha y engorda la barriga.

         La curva del barrio del Carmen arranca en la puerta del taller del Maestrillo, las mujeres se asoman en las ventanas, ya no bastan cuatro chiquillos, ocho o diez la empujan; un palo de almez la apalanca y un rastrillo aparta las escallas[3]. La cuneta en el terraplén cede su nieve al gigante esférico, donde el diámetro tapa las figuras esforzadas. Desde el barrio de san Andrés los parroquianos subidos en los terraos miran el paso por la Cañada. Un camión renqueando con una fila de fregaderos se cruza, el varal la raspa desviándola al garaje de Antonio el de Martín, lejos de la fragua de Andrés, no vaya a derretirse con el calor de los punteros recién aguzados.

         La calle Larga ensancha en el Cuartel, el guardia de puertas bajo el capote y el tricornio hace la vista gorda, su bigote poblado de bello y nicotina regala una leve sonrisa de connivencia. El almuerzo deja la fiesta para la tarde, la tierra mezclada en la masa helada apelmaza la bola; junto al parterre sirve de improvisado tobogán resbaladizo acabado en barrizal. Los zapatos agrietados por el agua, auguran un resfriado de miel y manta, los adoquines de serpentina rayan la superficie acelerando la caída frenada en el callejón de Ramón el Chumbo. El tramo hasta la iglesia añade más hielo, la puerta de la Rosa atesta de canteros, un incrédulo pregunta … ¿de qué cantera es el bolo tan redondo?de la bancá blanca -se escucha desde un velador en el interior-.

         Don Manuel en la escalera de su casa parroquial, no se atreve a salir por miedo a un atropello, la misa puede esperar y siempre será mejor con el cura vivo. La barbería en hora de afeitados, convierte en apuestas el peso, cincuenta, setenta y hasta quinientas arrobas, calcula un carretero dispuesto a sacar sus bueyes para arrastrarla.

         La plaza congrega a todos los muchachos del barrio de las Latas y del Arte, por donde ha corrido la voz; la virgen del Rosario extraña el alboroto de la calle y el niño quiere bajarse del brazo para achuchar. Dos coches a ralentí esperan a que entre en la explanada la comitiva, una recepción oficial en el balcón del ayuntamiento, da la bienvenida a la visita congelada, sin banda de música ni trajes de domingo. El deambulatorio pasa hoy por la iglesia y la plaza, una escalera apoyada invita a escalar los dos metros y saltar al suelo desde su cumbre.

         El termómetro del farmacéutico no se animó a subir en toda la semana, apenas la esfera se deformó en su deshielo, un hilo de agua continua estuvo bajando por el porche de los Caños, mas de un mes, la launa quedo seca en el lugar hasta las fiestas de octubre y un borracho confundió su blancura con la luna una noche sin gas pobre que iluminase la farola, pensando que había caído el universo.

         Ahora, sonrío mirando la foto arrugada, mis manos se entumecen con solo tocarla. ¡Uf que frío!

Dr,  Carlos Ballesta


  El  Dr. Carlos Ballesta López subido en la bola de nieve, A la izquierda su padre el Dr. Francisco Ballesta, en Macael. 1959.

 Fot. Colección Familia Ballesta.


 

 


Bola de nieve. Boston 1856. Ballou's Pictorial Drawing. Room Companion. Boston, MA.

 

 



 



[1] Paralelepípedo de mármol utilizado como soporte en la elaboración de piezas.

[2] Fuerte explosión producida en la cantera en operaciones de espizarre.

[3] Fragmentos de piedra producidos en el desbaste con puntero.

La bola de nieve

La huella del mármol


           LA HUELLA DEL MÁRMOL
INSTITUTO DE ESTUDIOS ALMERIENSES



Andrés Molina Franco

  Andrés Molina Franco.

 

                      

LA BOLA DE NIEVE.

 

         No había caído tanta nieve desde aquella triste tarde del treinta y seis, las canteras blanquean todos los inviernos y algunos copos bajan empujados por la ventisca que peina las faldas de la Tetica; la luz tenue la atraviesa, amontonando la fría capa sobre los fregaderos sin terminar encima del tanto[1].

         En el Cruce, la carretera pierde la cuneta, los surcos del Comet se difuminan y los olivos atrapan en sus ramas la nívea manta, el porton del taller acumula en la rampa hojas lanceoladas del sombraje desvestido. El espectáculo natural ralentiza el trabajo, detrás de la ventana flejada el cincelista fuma lanzando el humo fuera, los perros agachados tiemblan pegados a las ascuas de un tronco ardiendo y la maceta descalza cae al agua de la cubeta, para hinchar su astil.

         Hace rato la campana dio las cinco, no se ha escuchado ninguna tómica[2] y la arriera tampoco se ha entretenido recogiendo los cestos. El hectómetro de piedra apenas deja ver su número perdido entre la cal y el hielo; cuatro críos suben por la cuesta la Cañá buscando la nieve, los guantes chorrean húmedos en sus bolsillos, cubiertos hasta las pantorrillas saltan pisando la mullida alfombra blanca; un redondel limpia el espacio de juego, en el centro una tosca bola engorda su diámetro helado, pegote a pegote.

         Un empujón balancea la figura congelada despegando la base mezclada con tierra, rueda un palmo, se desequilibra volcando a un lado, a simple vista la esfera irregular va tomando forma, la presión de los dedos apelmaza el material frio. Un crio aprovecha para subirse encima del asiento rodante, sin frenos gira cayendo al embarrado suelo entre risas de los demás, su cuerpo enclenque recibe pelotazos de nieve, reventando en estrellas.

         Apenas sobra tarde, la noche se apresura aciaga, un sopapo y una sopa caliente esperan en la cocina de la casa; durante la madrugada el regalo del cielo sigue llegando, los maderos del techo gruñen sujetando la carga, la poca pendiente de las tejas lo retienen a la espera de una pala que ayude a verterlo al callejón. La mañana hiela, la bola de nieve se endurece aún más, la carretera de asfalto y sin quitamiedos abre el camino, los empujones dibujan la redondez que agiliza su marcha y engorda la barriga.

         La curva del barrio del Carmen arranca en la puerta del taller del Maestrillo, las mujeres se asoman en las ventanas, ya no bastan cuatro chiquillos, ocho o diez la empujan; un palo de almez la apalanca y un rastrillo aparta las escallas[3]. La cuneta en el terraplén cede su nieve al gigante esférico, donde el diámetro tapa las figuras esforzadas. Desde el barrio de san Andrés los parroquianos subidos en los terraos miran el paso por la Cañada. Un camión renqueando con una fila de fregaderos se cruza, el varal la raspa desviándola al garaje de Antonio el de Martín, lejos de la fragua de Andrés, no vaya a derretirse con el calor de los punteros recién aguzados.

         La calle Larga ensancha en el Cuartel, el guardia de puertas bajo el capote y el tricornio hace la vista gorda, su bigote poblado de bello y nicotina regala una leve sonrisa de connivencia. El almuerzo deja la fiesta para la tarde, la tierra mezclada en la masa helada apelmaza la bola; junto al parterre sirve de improvisado tobogán resbaladizo acabado en barrizal. Los zapatos agrietados por el agua, auguran un resfriado de miel y manta, los adoquines de serpentina rayan la superficie acelerando la caída frenada en el callejón de Ramón el Chumbo. El tramo hasta la iglesia añade más hielo, la puerta de la Rosa atesta de canteros, un incrédulo pregunta … ¿de qué cantera es el bolo tan redondo?de la bancá blanca -se escucha desde un velador en el interior-.

         Don Manuel en la escalera de su casa parroquial, no se atreve a salir por miedo a un atropello, la misa puede esperar y siempre será mejor con el cura vivo. La barbería en hora de afeitados, convierte en apuestas el peso, cincuenta, setenta y hasta quinientas arrobas, calcula un carretero dispuesto a sacar sus bueyes para arrastrarla.

         La plaza congrega a todos los muchachos del barrio de las Latas y del Arte, por donde ha corrido la voz; la virgen del Rosario extraña el alboroto de la calle y el niño quiere bajarse del brazo para achuchar. Dos coches a ralentí esperan a que entre en la explanada la comitiva, una recepción oficial en el balcón del ayuntamiento, da la bienvenida a la visita congelada, sin banda de música ni trajes de domingo. El deambulatorio pasa hoy por la iglesia y la plaza, una escalera apoyada invita a escalar los dos metros y saltar al suelo desde su cumbre.

         El termómetro del farmacéutico no se animó a subir en toda la semana, apenas la esfera se deformó en su deshielo, un hilo de agua continua estuvo bajando por el porche de los Caños, mas de un mes, la launa quedo seca en el lugar hasta las fiestas de octubre y un borracho confundió su blancura con la luna una noche sin gas pobre que iluminase la farola, pensando que había caído el universo.

         Ahora, sonrío mirando la foto arrugada, mis manos se entumecen con solo tocarla. ¡Uf que frío!

Dr,  Carlos Ballesta


  El  Dr. Carlos Ballesta López subido en la bola de nieve, A la izquierda su padre el Dr. Francisco Ballesta, en Macael. 1959.

 Fot. Colección Familia Ballesta.


 

 


Bola de nieve. Boston 1856. Ballou's Pictorial Drawing. Room Companion. Boston, MA.

 

 



 



[1] Paralelepípedo de mármol utilizado como soporte en la elaboración de piezas.

[2] Fuerte explosión producida en la cantera en operaciones de espizarre.

[3] Fragmentos de piedra producidos en el desbaste con puntero.