Nueva Literatura Almería. - Ángel Simón Collado

Entonces comprendí. Comprendí que todos y cada uno de los hilos que tejían mis aventuras se manifestaban como la visualización de un haz de líneas que, desde su origen, se bifurcaban por el Tiempo hasta converger en mi corazón. Allí se dirigían y allí tomaban su sentido. 

Llegaban desde arriba, juntas atravesaban el caparazón que lo escondía y, cultivándolo, dejaron palpitando la llama demiúrgica de la existencia.
Mi corazón era una fruta de jugosa pulpa en que alguien separaba una a una, con dedos delicados, las capas de la superficie, amargas y excitantes.

 Era el cogollo que encerraba una sencilla cápsula que, al desvelarla, fue desplegándose desde su centro hacia lo alto para formar con el palacio de su cáliz una fabulosa y mística rosa roja. El intenso púrpura glorificaba al Sol el oro de sus rayos.


Mi corazón era un espejo de rigurosa composición y afiligranada artesanía que alguien despojaba poco a poco de toscas veladuras hasta quedar la superficie pulimentada hasta el delirio mirando hacia los cielos. Reflejaba la luz y la expandía por todo el horizonte de la Tierra.

Era mi corazón un recipiente de frágil barro y macizo oro, cuyo interior iban llenando de un vino delicioso y difícil: fermento de caldos madurados en la purificación dolorosa de la vida.-
Rosa, espejo

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Primavera en Bagdad. Antonio A. Alvárez "ALBER"

ANTONIO A. ALVAREZ " ALBER"
PRIMAVERA EN BAGDAD

A PECHINA
Hoy la luz es metralla
incrustada en el alma y la piel.
En esta primavera enlutada
cualquiera , de misiles inteligentes
con un coeficiente extremo de horror.
De sirenas sin mar.
De arroyos tiznados
por la savia de Occidente,
mientras el fuego prende
todo el cielo.
Hoy las cámaras
de nuestras ventanas
apagan las miradas
de un Bagdad
sin cuenta cuentos.
Ni ladrones en sus zocos,
sin niños,
ni mil y una flores de azahar
por las que enamorarse.
En sus calles se instalaron,
y ahora se confunden, los tiranos.
Empeñados en rescindir sus vínculos
y negocios del pasado.
Aniquilando el presente
de un pueblo hecho ceniza
sobre el que amasar
la fortuna de mañana.
Hoy desde otra tierra lejana
puedo sentir a duras penas,
entre la propaganda de la victoria,
los ecos del llanto
que claman solamente
por la paz y la justicia,
amplificados con nuestro
grito espontáneo:
¡ no a la guerra!
Como musa que llega inesperada
cuando otro mayo florece en su esplendor.
Nuestra villa vuelve a ser tan alabada
como antaño, por su pueblo y su candor.
Su riqueza fue de miel en las jarras,
y la boca del Califato llenó.
La llave de todas las Alpujarras .
Puerta de la seda que lo engalanó.
En primavera renace, rememora
su pasado de oropel y su poder.
Porque Pechina es tan sabia y señora
que ha ponderado ser y no pretender.
Su historia no es solo una perla mora,
y la Historia así la enseñó a aprender.

Algún día te hablaré de Soledad. Paco Centeno


Algún día te hablaré de Soledad. Paco Centeno


Algún día te hablaré de Soledad. Paco Centeno


Algún día te hablaré de Soledad. Paco Centeno


un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO

ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

Un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO  ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

Un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO  ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

Un libro entre las bombas. Francisco Cañabate Reche

UN LIBRO  ENTRE LAS BOMBAS

Había acabado todo y  cuando se dio cuenta, una tristeza oscura le atenazó las manos. Crispado, casi ausente, cerró el libro en silencio y el estrépito sordo, incontestable y cierto que nos produce siempre el final de algo bello resonó en su interior.
Era el último verso.
No había más.
Acabado.
Fue como una oleada, una emoción esquiva. Un nudo en la garganta.
Fue un latigazo frío.
Sin poder evitarlo, sediento de fonemas volvió abrir aquel libro y trató de leer. Lo hizo difícilmente. En voz baja al principio, murmurando después, agitado, con rabia, escupiendo las frases. Luego se rompió el nudo y comenzó  a gritar, ciego, casi demente. Recitaba los versos sin miedo a ser oído o a que una bala extraña segara su arrebato mientras el mundo horrible de las bombas y el hambre, del terror y la muerte, de la soledad muda, el de la destrucción se disolvía ante él.
Cuando comenzó a hablar y se supo a sí mismo saboreando los versos regresó el sortilegio. De nuevo no había nada.
Se calmó de repente. Miró a su alrededor. Estaba solo y quieto con el libro en las manos. Atardecía despacio. Escuchaba el sonido de las bombas cercanas cayendo interminables, mutilando la vida.
Recordaba el horror.
Fuera, a su alrededor, habitaba la guerra. En el libro la paz.
Con las últimas luces regresó a la lectura.
Olvidado, cautivo de unos versos callados, entre las explosiones otra vez fue feliz

Pater Eximens.- Francisco Cañabate Reche

Pater Eximens

FRANCISCO CAÑABATE RECHE

PATER EXIMENS

Y a hacia varias semanas que no entraba en el Púb. Juré no volver más. Entonces, ¿por qué fui?. ¿Fue la casualidad la que orientó mis pasos, uno tras otro, simples, para llegar allí?. ¿Pudo ser la rutina, el azar, la desidia, o el incómodo estrago que producía el silencio dentro de mi cerebro?.¿ Tal vez fue la justicia ciega y desordenada que rige nuestras vidas la que me hizo sentarme ocupando la barra y ordenar mi bebida con solo una mirada de parroquiano viejo y empezar a beber?. Hoy no sabría decirlo. Como otras muchas veces llegué, miré, bebí, y mi único recuerdo, mi única certidumbre es que escuché esta historia de hechizos y de arañas aquella noche densa; que la contó un muchacho, casi un adolescente de ojos enfebrecidos que ocupaba el final de la barra metálica donde nos apoyábamos; que cuando empezó a hablar después de varias copas – aunque no estoy seguro si él las bebió también-, nos dijo que la historia le había ocurrido a él, que aquella era su suerte y también su desgracia, y que tal vez mintió. 


Cuando lo contó todo, no debía estar allí. Ya era de madrugada y él solo era un muchacho. Al comenzar a hablar podía verse en su rostro que ese no era su sitio, que algo se le escapaba, que al final de la noche, un grupo de borrachos como el que le observaba jamás le escucharía. Pero, aunque no comprendo por que sucedió así, nosotros si lo hicimos. ¿Tal vez fue su mirada que obligaba a callar?. ¿Quizá su sencillez, o la manera extraña con la que nos hablaba, despacio, susurrando, con un tono tan tenue que casi hipnotizaba?. El caso es que de pronto un enorme silencio creció a su alrededor y solo quedó él entonando sus frases. Yo las recuerdo bien. Con cuatro pinceladas nos habló de su padre como de alguien lejano a quien él quiso mucho; luego, sin transición, nos dibujó a dos seres, un niño y un adulto, que se habían encontrado después de varios meses y querían ser amigos pese a sus diferencias. Solo hacía algunas horas que habían vuelto del cine cogidos de la mano y ahora los dos sentados, intentaban jugar. Había en aquella sala donde se habían sentado un ambiente de fiesta. El hombre sonreía y sonaban los gritos excitados del niño. Ocupando la mesa en la que se apoyaban había pequeños coches de metal esmaltado. Ordenados y estáticos cumplían el cometido que les otorgó el hombre: hacían feliz al niño. Estaban enfrentados en filas paralelas y el niño los movía. En su imaginación había una gran batalla, una enorme carrera en la que iba a vencer. Lo mismo que hacía siempre cuando jugaba solo. Entonces, de repente, se rompió la burbuja. Algo falló de pronto cuando el padre intervino sin pedirle permiso y movió aquellos coches y tras elegir uno lo llevó hasta la meta y gritó haber ganado y comenzó a reír. 

Sonó la carcajada y algo cambió en el niño. La mirada infantil se dirigió a los labios que ahora estaban abiertos. Escuchó aquella risa. Tembló, miró de nuevo. No hacía más de una hora que habían vuelto del cine y al escuchar la risa el niño recordó. Se vio en la oscuridad, frente a la gran pantalla. Allí escuchó el conjuro que no pudo olvidar. 

Solo hacía algunas horas y en la sala del cine había una gran araña que avanzaba temible. Prolongaba sus pasos lenta, determinada, con ansias de matar a aquel mago infantil. Pero el mago era el héroe y esa es una ventaja que no ha de despreciarse. Miró la enorme araña seguro de sus fuerzas, extendió aquella vara y pronunció con ímpetu el conjuro mortal que hizo inútil el ansia de la bestia asesina. “Araña eximens”, fueron las dos palabras pronunciadas sin prisa. Después la destrucción del animal enorme, mas tarde la victoria. 

Cuando sonó la música que anunciaba el final y se fue el mago-niño, regresaron las luces. Cuando al fin se encendieron, en el mundo de acá, antes de la pantalla, al niño que miraba le quedaba una duda, un reflejo de espanto ante la destrucción. Habitaba en sus ojos el brillo de la magia que acababa de ver. Tan solo fue un segundo, porque al dejar el cine y volver a la calle, se olvidó sin pensar de cuanto había sentido. 


O eso pretendió hacer, pero no lo logró. Por que un poco mas tarde, ya en casa, entre los coches, jugando con su padre le enfureció su risa. Casi sin proponérselo, al desplazar el coche, el padre había ganado. Su mano fue más rápida que la mano del niño que se quedó extendida. Entonces, torpemente, para empeorar las cosas, celebró su victoria con una carcajada que no debió ocurrir. El niño, sin pensarlo imaginó los meses en los que él se había ido y revivió las lágrimas de dolor de su madre. Luego, el odio infantil que lo traspasa todo le hizo querer vengarse y formuló el conjuro. Antes de abrir la boca, apuntó con el dedo de la mano extendida que aun estaba en el aire. Marcó su territorio señalando aquel rostro convulso por la risa y le habló en un susurro. Dijo las dos palabras con total convicción. Supo que vencería. Comprendió su poder. 

Al padre, en ese instante se le heló la sonrisa. Se congeló su rostro y se murió sin más. 

- Fue algo tan espantoso que tardé en entenderlo, pero no fue algo inútil, porque aprendí mi fuerza. Sé que yo lo maté.
Mientras él acababa, allí estábamos todos sorprendidos e insomnes, escuchando en silencio. A pesar de sus ojos, distantes, agotados, preñados de amargura, no queríamos creerlo. Tal vez todo era falso, producto de la insana fantasía de un muchacho. Como hoy, en el recuerdo, cuando revivo aquello, durante esos momentos en que volvió la paz borrando sus palabras lo que habíamos oído nos parecía impensable, una jugada más de la casualidad. Podría conjeturarse que todo fue una farsa, o que yo me lo invento, pero sé que esa noche yo aun no estaba borracho, y que no lo soñé. 

He vuelto muchas veces. He regresado al Púb una noche tras otra. He quemado mi vida y ahora mis juramentos casi no valen nada; pero puedo juraros que acabo de contaros sus palabras exactas. No añadió nada más. Se levantó y se fue.
Y yo diré si cabe que cuando nos dejaba, cerca ya de la puerta, lo vi extender un dedo y señalar con él. Que quiso agregar algo y que entreabrió los labios con el dedo extendido como una admonición sobre nuestras cabezas, pero yo lo impedí. Que salté hacia sus manos y le cogí los brazos para evitar su gesto. También que sentí miedo, y que volví mi rostro siguiendo su mirada y vi que en la pared, desafiando las horas, había una gran araña que avanzaba sin prisa y después se marchó.
 
PS ( Casi dedicatoria): Mi hija mayor, Virginia, adora Harry Potter. Pero además de eso, tengo un hijo pequeño. Se llama Miguel Ángel. Él, tras ver su película en un video doméstico, me contó emocionado que el mago en dos palabras eliminó una araña. Le parecía un hallazgo que podía ser muy útil. Las dos palabras mágicas según cree Miguel Ángel, eran “Araña Eximens” y mi hijo, imperturbable, estuvo repitiéndolas frente a cualquier araña durante muchas horas hasta que comprobó que no servían de nada. Luego, meses más tarde, durante un viaje a Escocia, se me ocurrió esta historia. Me asaltó en el verano de la ciudad de Glasgow, frente a la misma barra en la que JK Rowling- madre soltera en paro en aquellos momentos- escribió Harry Potter. 

( ¿Por qué la pensé allí?. Debe ser algún virus del que no me he curado, o tal vez el ambiente, o el buen whisky de malta que hacen en esas tierras e invita a hablar de magia).

Pater Eximens.- Francisco Cañabate Reche

FRANCISCO CAÑABATE RECHE

PATER EXIMENS

Y a hacia varias semanas que no entraba en el Púb. Juré no volver más. Entonces, ¿por qué fui?. ¿Fue la casualidad la que orientó mis pasos, uno tras otro, simples, para llegar allí?. ¿Pudo ser la rutina, el azar, la desidia, o el incómodo estrago que producía el silencio dentro de mi cerebro?.¿ Tal vez fue la justicia ciega y desordenada que rige nuestras vidas la que me hizo sentarme ocupando la barra y ordenar mi bebida con solo una mirada de parroquiano viejo y empezar a beber?. Hoy no sabría decirlo. Como otras muchas veces llegué, miré, bebí, y mi único recuerdo, mi única certidumbre es que escuché esta historia de hechizos y de arañas aquella noche densa; que la contó un muchacho, casi un adolescente de ojos enfebrecidos que ocupaba el final de la barra metálica donde nos apoyábamos; que cuando empezó a hablar después de varias copas – aunque no estoy seguro si él las bebió también-, nos dijo que la historia le había ocurrido a él, que aquella era su suerte y también su desgracia, y que tal vez mintió. 


Cuando lo contó todo, no debía estar allí. Ya era de madrugada y él solo era un muchacho. Al comenzar a hablar podía verse en su rostro que ese no era su sitio, que algo se le escapaba, que al final de la noche, un grupo de borrachos como el que le observaba jamás le escucharía. Pero, aunque no comprendo por que sucedió así, nosotros si lo hicimos. ¿Tal vez fue su mirada que obligaba a callar?. ¿Quizá su sencillez, o la manera extraña con la que nos hablaba, despacio, susurrando, con un tono tan tenue que casi hipnotizaba?. El caso es que de pronto un enorme silencio creció a su alrededor y solo quedó él entonando sus frases. Yo las recuerdo bien. Con cuatro pinceladas nos habló de su padre como de alguien lejano a quien él quiso mucho; luego, sin transición, nos dibujó a dos seres, un niño y un adulto, que se habían encontrado después de varios meses y querían ser amigos pese a sus diferencias. Solo hacía algunas horas que habían vuelto del cine cogidos de la mano y ahora los dos sentados, intentaban jugar. Había en aquella sala donde se habían sentado un ambiente de fiesta. El hombre sonreía y sonaban los gritos excitados del niño. Ocupando la mesa en la que se apoyaban había pequeños coches de metal esmaltado. Ordenados y estáticos cumplían el cometido que les otorgó el hombre: hacían feliz al niño. Estaban enfrentados en filas paralelas y el niño los movía. En su imaginación había una gran batalla, una enorme carrera en la que iba a vencer. Lo mismo que hacía siempre cuando jugaba solo. Entonces, de repente, se rompió la burbuja. Algo falló de pronto cuando el padre intervino sin pedirle permiso y movió aquellos coches y tras elegir uno lo llevó hasta la meta y gritó haber ganado y comenzó a reír. 

Sonó la carcajada y algo cambió en el niño. La mirada infantil se dirigió a los labios que ahora estaban abiertos. Escuchó aquella risa. Tembló, miró de nuevo. No hacía más de una hora que habían vuelto del cine y al escuchar la risa el niño recordó. Se vio en la oscuridad, frente a la gran pantalla. Allí escuchó el conjuro que no pudo olvidar. 

Solo hacía algunas horas y en la sala del cine había una gran araña que avanzaba temible. Prolongaba sus pasos lenta, determinada, con ansias de matar a aquel mago infantil. Pero el mago era el héroe y esa es una ventaja que no ha de despreciarse. Miró la enorme araña seguro de sus fuerzas, extendió aquella vara y pronunció con ímpetu el conjuro mortal que hizo inútil el ansia de la bestia asesina. “Araña eximens”, fueron las dos palabras pronunciadas sin prisa. Después la destrucción del animal enorme, mas tarde la victoria. 

Cuando sonó la música que anunciaba el final y se fue el mago-niño, regresaron las luces. Cuando al fin se encendieron, en el mundo de acá, antes de la pantalla, al niño que miraba le quedaba una duda, un reflejo de espanto ante la destrucción. Habitaba en sus ojos el brillo de la magia que acababa de ver. Tan solo fue un segundo, porque al dejar el cine y volver a la calle, se olvidó sin pensar de cuanto había sentido. 


O eso pretendió hacer, pero no lo logró. Por que un poco mas tarde, ya en casa, entre los coches, jugando con su padre le enfureció su risa. Casi sin proponérselo, al desplazar el coche, el padre había ganado. Su mano fue más rápida que la mano del niño que se quedó extendida. Entonces, torpemente, para empeorar las cosas, celebró su victoria con una carcajada que no debió ocurrir. El niño, sin pensarlo imaginó los meses en los que él se había ido y revivió las lágrimas de dolor de su madre. Luego, el odio infantil que lo traspasa todo le hizo querer vengarse y formuló el conjuro. Antes de abrir la boca, apuntó con el dedo de la mano extendida que aun estaba en el aire. Marcó su territorio señalando aquel rostro convulso por la risa y le habló en un susurro. Dijo las dos palabras con total convicción. Supo que vencería. Comprendió su poder. 

Al padre, en ese instante se le heló la sonrisa. Se congeló su rostro y se murió sin más. 

- Fue algo tan espantoso que tardé en entenderlo, pero no fue algo inútil, porque aprendí mi fuerza. Sé que yo lo maté.
Mientras él acababa, allí estábamos todos sorprendidos e insomnes, escuchando en silencio. A pesar de sus ojos, distantes, agotados, preñados de amargura, no queríamos creerlo. Tal vez todo era falso, producto de la insana fantasía de un muchacho. Como hoy, en el recuerdo, cuando revivo aquello, durante esos momentos en que volvió la paz borrando sus palabras lo que habíamos oído nos parecía impensable, una jugada más de la casualidad. Podría conjeturarse que todo fue una farsa, o que yo me lo invento, pero sé que esa noche yo aun no estaba borracho, y que no lo soñé. 

He vuelto muchas veces. He regresado al Púb una noche tras otra. He quemado mi vida y ahora mis juramentos casi no valen nada; pero puedo juraros que acabo de contaros sus palabras exactas. No añadió nada más. Se levantó y se fue.
Y yo diré si cabe que cuando nos dejaba, cerca ya de la puerta, lo vi extender un dedo y señalar con él. Que quiso agregar algo y que entreabrió los labios con el dedo extendido como una admonición sobre nuestras cabezas, pero yo lo impedí. Que salté hacia sus manos y le cogí los brazos para evitar su gesto. También que sentí miedo, y que volví mi rostro siguiendo su mirada y vi que en la pared, desafiando las horas, había una gran araña que avanzaba sin prisa y después se marchó.
 
PS ( Casi dedicatoria): Mi hija mayor, Virginia, adora Harry Potter. Pero además de eso, tengo un hijo pequeño. Se llama Miguel Ángel. Él, tras ver su película en un video doméstico, me contó emocionado que el mago en dos palabras eliminó una araña. Le parecía un hallazgo que podía ser muy útil. Las dos palabras mágicas según cree Miguel Ángel, eran “Araña Eximens” y mi hijo, imperturbable, estuvo repitiéndolas frente a cualquier araña durante muchas horas hasta que comprobó que no servían de nada. Luego, meses más tarde, durante un viaje a Escocia, se me ocurrió esta historia. Me asaltó en el verano de la ciudad de Glasgow, frente a la misma barra en la que JK Rowling- madre soltera en paro en aquellos momentos- escribió Harry Potter. 

( ¿Por qué la pensé allí?. Debe ser algún virus del que no me he curado, o tal vez el ambiente, o el buen whisky de malta que hacen en esas tierras e invita a hablar de magia).

El burlador del tiempo. Francisco Cañabate Reche

EL BURLADOR DEL TIEMPO
AUTOR: FRANCISCO CAÑABATE RECHE
 
................ Recuerdo aquel momento como si fuera ahora. No lo olvidaré nunca. Era una chica joven, algo más de veinte años, la mitad de los míos. La encontré (o me encontró) en un café pequeño, ese que después ha sido siempre el nuestro. Y ahora debo reconocerme sorprendido: aunque nunca pensé serenamente dónde estuvo la magia del momento en que nos conocimos, dónde saltó la chispa que originó aquel fuego entre dos personas aparentemente tan diferentes (y la verdad es que aquél fue un fuego muy intenso), siempre quise pensar - es curiosa la ceguera que nos ataca a veces- que a mí encanto, mi atractivo de tantas ocasiones parecía suficiente. Así pues, en esta ocasión el cazador experto, el tigre victorioso en mil luchas de amor, no fue - o así me parece- más que la presa de la tierna gacela a la que creyó haber devorado por sorpresa.. Es el viejo gambito, el peón envenenado, el veneno de amor.
      Vino hacia mí sonriendo y cuando no miramos nuestros ojos supieron más que nosotros mismos. El fuego recorrió nuestros cuerpos y un segundo después sus manos sin palabras encontraron las mías. Olvidé a los amigos. Ya sólo estaba ella. Dejamos el café y fuimos paseando hasta llegar al mar. Después, por el paseo, dejamos que la brisa nos bañara. Entramos sin pensarlo en la playa a pesar de las ropas de fiesta. Dejamos los zapatos olvidados. Andábamos descalzos hacia el agua. No hacían falta palabras. Nos sentamos poco antes de la orilla, escuchando el murmullo, la caricia sonora de las olas, su silencio, su canto. Vimos atardecer y después, en la noche, en un lecho de arena, nos amamos despacio. Sólo entonces hablamos. Como en un sortilegio dijimos nuestros nombres, y como adolescentes (su juventud era también la mía, ella vivía en los dos) los dejamos escritos, enlazados en la base metálica, de hierro carcomido donde siguen ahora, en el descargadero de Las Almadravillas.

El burlador del tiempo. Francisco Cañabate Reche

EL BURLADOR DEL TIEMPO
AUTOR: FRANCISCO CAÑABATE RECHE
 
................ Recuerdo aquel momento como si fuera ahora. No lo olvidaré nunca. Era una chica joven, algo más de veinte años, la mitad de los míos. La encontré (o me encontró) en un café pequeño, ese que después ha sido siempre el nuestro. Y ahora debo reconocerme sorprendido: aunque nunca pensé serenamente dónde estuvo la magia del momento en que nos conocimos, dónde saltó la chispa que originó aquel fuego entre dos personas aparentemente tan diferentes (y la verdad es que aquél fue un fuego muy intenso), siempre quise pensar - es curiosa la ceguera que nos ataca a veces- que a mí encanto, mi atractivo de tantas ocasiones parecía suficiente. Así pues, en esta ocasión el cazador experto, el tigre victorioso en mil luchas de amor, no fue - o así me parece- más que la presa de la tierna gacela a la que creyó haber devorado por sorpresa.. Es el viejo gambito, el peón envenenado, el veneno de amor.
      Vino hacia mí sonriendo y cuando no miramos nuestros ojos supieron más que nosotros mismos. El fuego recorrió nuestros cuerpos y un segundo después sus manos sin palabras encontraron las mías. Olvidé a los amigos. Ya sólo estaba ella. Dejamos el café y fuimos paseando hasta llegar al mar. Después, por el paseo, dejamos que la brisa nos bañara. Entramos sin pensarlo en la playa a pesar de las ropas de fiesta. Dejamos los zapatos olvidados. Andábamos descalzos hacia el agua. No hacían falta palabras. Nos sentamos poco antes de la orilla, escuchando el murmullo, la caricia sonora de las olas, su silencio, su canto. Vimos atardecer y después, en la noche, en un lecho de arena, nos amamos despacio. Sólo entonces hablamos. Como en un sortilegio dijimos nuestros nombres, y como adolescentes (su juventud era también la mía, ella vivía en los dos) los dejamos escritos, enlazados en la base metálica, de hierro carcomido donde siguen ahora, en el descargadero de Las Almadravillas.

Lo mismo que un batracio. Francisco Cañabate Reche

LO MISMO QUE UN BATRACIO

(I)

En mitad de la charca la tarde se recuesta, crece, se despereza, late y destila vida. Ha pasado la siesta por mitad de sus aguas dejando las señales, esparciendo su esencia de calma, de calima, y la tarde respira los vapores de cieno que emergen desde el fondo. Por fin queda un silencio tras de la algarabía que es la naturaleza. Pero esto dura poco. Exhausto de calor el silencio chirría. El agua está callada, se mueve, se disipa, se condensa, se anima. Los animales duermen mecidos por la brisa. El sopor se reclina. Luego llegan los niños.
Solo con su presencia, distante, aun evasiva, todo cambia de pronto. Mientras el sol se inclina, se escuchan desde lejos sus gritos y sus risas. Llegan desde el camino. Se acercan, corren, vuelan, saltan y se deslizan precediendo a sus amos que vienen a la zaga y que no se detienen hasta encontrar al agua e introducir sus cuerpos jóvenes de gacelas en el líquido frío. Antes de que suceda, los animales huyen, se esconden, los evitan y los niños lo saben pero no les importa. Mientras siguen corriendo, aun ven el movimiento de animales que escapan. En los últimos metros prolongan su carrera. Se lanzan hacia el agua como desesperados, se abrazan y se empujan, se zambullen y nadan. Suceden los minutos y aunque parezca extraño, ellos también se cansan y durante un momento que dura diez latidos vuelve a ser el silencio.
Luego algo nuevo ocurre: uno de los pequeños ha cazado una rana y la muestra orgulloso a toda la pandilla.
- ¡No ha podido escapar!- grita mientras agita sus brazos triunfadores- ¡Estaba en una esquina y la he cazado el vuelo cuando intentó alejarse!- Y todos se le acercan y después le rodean queriendo ver la rana que tiembla entre sus manos.
- ¡Saquémosle los ojos!- dice un niño moreno con un deje cruel, y mueve una varilla como el médico loco que tal vez será un día y sus ojos reflejan al futuro homicida que presiente las formas que practicará luego. La vara de madera flexible y acerada continua en movimiento, adelante y atrás, insistente, terrible, portadora de muerte, lo mismo que un estoque de un torero ridículo o que una estaca mágica para un drácula enano.
- ¡Dejadla, no seáis brutos, no veis que esta sufriendo¡.- La voz viene del fondo destruyendo el terror. Se trata del mayor, el mas alto del grupo, ahora él les habla a todos con un tono cascado que ya es adolescente y que le hace ser fuerte, y los otros lo miran y le dejan pasar no sin cierta desgana, indecisos tal vez ante el influjo hipnótico de la vara homicida, y la rana se agita y parece sudar, esperando quizás que proclame su suerte el alto tribunal que ahora la está juzgando.
Pero no hay decisión , o al menos, no es unánime, porque el mismo muchacho la arranca de las manos del que la capturó y con un movimiento rápido de su brazo la arroja a la distancia, en mitad del estanque, donde ya nadie puede volverla a hacer cautiva.
La rana, que revive, nada hacia la espesura con súbita entereza. Al principio la observan refugiarse en el fondo, siguen sus movimientos durante unos segundos, luego ya no la miran. Los muchachos reaccionan después de la sorpresa, de la quietud indecisa. Se vuelven enfadados y rodean al mas alto y le gritan de frente su disconformidad, pero él logra apartarlos y con un gesto áspero se decide a correr. Todos van hacia el pueblo persiguiendo al que escapa, todos a la carrera, enfadados algunos, otros confabulados con solo una mirada para volver mañana y recobrar la pieza.
La caza no ha acabado, solamente se aplaza, pero se van los gritos, el confuso sonido que nace de unos labios se aleja con los pasos y después se evapora.
Así llega la calma de nuevo hasta la charca.
Entonces cae la noche.

(II)

Ha pasado el horror y a pesar del peligro en fluye mi vida, pese al agravio triste de mis pobres recuerdos y a la continua huida, cuando el sol se retira recupero el aliento.
Al fin ha sucedido, nuevamente ha llegado para ser mi aliada. Pesa la noche cierta. Su densidad me oprime. Se confirman los signos inequívocos del paso de las horas ( un paso irrevocable que incluso yo percibo en este nuevo estado) y el imperio lunar se consolida y crece. Y mientras, yo respiro.
Siento el sudor espeso que atraviesa mis poros condensándose luego sobre mi piel mojada lo mismo que un batracio supurante y sediento. Salgo a tomar el aire e inicio el pensamiento que tanto me tortura.(Y no puedo evitarlo, y no quiero perderlo, y me aferro a sus sombras porque él me da sentido a pesar de mi absurdo). Noto la confusión en esta nueva vida en la que ahora resido, pero aun resta el recuerdo que llega por las noches cuando miro la luna. Aun me queda el pasado. Aun existe la idea que habita mi memoria y que no quiere irse. Y en ella se construye un pretérito exacto que parece imposible ( lejano, inhabitable) de esplendor y de luces, un pasado de ensueño que tal vez fuera el mío.
Recuerdo, por ejemplo, los paseos por el prado sobre un caballo tordo, y el sabor de unos labios que no veré de nuevo, y el aire del palacio tan puro, tan diáfano, tan distinto al de ahora, y las luces de noche, en medio de los bailes cuando me presentaban a las bellas muchachas, y el resplandor y el Arte que existió con mayúsculas; por ejemplo, la música ( aun suena en mi cerebro la dulce melodía con la que la seduje: un violín y un piano y después una viola y con ella un oboe que me elevan al cielo, y aun se mueven mis manos cogidas de las suyas, y sigo los compases y hasta recuerdo el título de la pieza que escucho: la sonata 1060 para orquesta y oboe de Juan Sebastian Bach). Y al final del abrazo ( que resultó prohibido) y de los bellos labios que tanto añoro ahora porque serían mi vida, ocurrió una venganza, mágica, incontestable, que no hubiera esperado, y desde allí al presente al que he sido arrojado solo me queda un paso que recorro de un salto que parece acrobático, al ritmo de esa música que habita en mi recuerdo.
Pero no vale nada toda esa melodía en mi mundo de ahora, en mitad de un silencio que no es mas que sonido, de esta quietud fingida que es una algarabía, no sirve su dulzura, ni el caudal de sus notas, ni su melancolía, porque entre los recuerdos - esos que son mi vida-, sigue la confusión, continua la impotencia.
Déjame preguntarte: ¿Sentiste alguna vez solo por un momento la sensación absurda de no saber quien eres?; ¿ Y lo que es aun mas grave, de no querer saberlo?;
¿ Dudaste de ti mismo y después intentaste esconder la cabeza para olvidarlo todo porque sientes vergüenza, y no pudiste hacerlo?. Esta es mi pesadilla, te invito a compartirla.
Me muevo desde el limbo que está en el mi pensamiento. El limbo del recuerdo donde a veces me escondo. Me regresa al presente la sensación exacta, física, dolorosa, de que ahora tengo hambre. La realidad se impone. Se agudiza mi instinto en mitad de la noche porque escucho el sonido gutural y profundo (brutal, inadmisible) que arroja mi garganta sin que yo se lo pida cuando observo la pieza que tanto había esperado, y cazo sin remedio para saciar mi falta. (Ya no quedan banquetes como los de mis sueños, se que nadie me sirve como sucedía antaño, ese es solo el reflejo de un pasado lejano).
Y cuando todo acaba y sacio mi vergüenza como un ser primitivo, ya no me quedan dudas porque sé que soy otro. Debo volver al agua. Me acerco hasta el estanque y puedo ver mi cuerpo reflejado en la noche.
Tras de mí esta la luna que intenta acariciarme. Quiere empapar mis lágrimas. Se que ella me consuela por lo que ya he perdido (y yo se lo agradezco), pero pese a su gesto la verdad se me muestra, (aunque a mi me horrorice), sin piedad, sin dobleces, inevitablemente, y el reflejo no miente. La imagen que percibo, mi reflejo en el agua, me condena a la angustia.
Y esa fue su venganza. Mágica, incontestable. El precio de un abrazo que resultó prohibido:
Hoy soy un pobre príncipe que teme por su vida. Siento que el sol regresa y que traerá a los niños. Y de entre todos ellos, temo al loco homicida. Se que él vendrá a buscarme y me hallará de nuevo.
Y también que no entienden, que no comprende nadie que pese a mi presencia soy solo un triste príncipe, un humilde batracio que esper
a a ser besado.
Me queda esa esperanza.
¿Sucederá algún día?

Lo mismo que un batracio. Francisco Cañabate Reche

LO MISMO QUE UN BATRACIO

(I)

En mitad de la charca la tarde se recuesta, crece, se despereza, late y destila vida. Ha pasado la siesta por mitad de sus aguas dejando las señales, esparciendo su esencia de calma, de calima, y la tarde respira los vapores de cieno que emergen desde el fondo. Por fin queda un silencio tras de la algarabía que es la naturaleza. Pero esto dura poco. Exhausto de calor el silencio chirría. El agua está callada, se mueve, se disipa, se condensa, se anima. Los animales duermen mecidos por la brisa. El sopor se reclina. Luego llegan los niños.
Solo con su presencia, distante, aun evasiva, todo cambia de pronto. Mientras el sol se inclina, se escuchan desde lejos sus gritos y sus risas. Llegan desde el camino. Se acercan, corren, vuelan, saltan y se deslizan precediendo a sus amos que vienen a la zaga y que no se detienen hasta encontrar al agua e introducir sus cuerpos jóvenes de gacelas en el líquido frío. Antes de que suceda, los animales huyen, se esconden, los evitan y los niños lo saben pero no les importa. Mientras siguen corriendo, aun ven el movimiento de animales que escapan. En los últimos metros prolongan su carrera. Se lanzan hacia el agua como desesperados, se abrazan y se empujan, se zambullen y nadan. Suceden los minutos y aunque parezca extraño, ellos también se cansan y durante un momento que dura diez latidos vuelve a ser el silencio.
Luego algo nuevo ocurre: uno de los pequeños ha cazado una rana y la muestra orgulloso a toda la pandilla.
- ¡No ha podido escapar!- grita mientras agita sus brazos triunfadores- ¡Estaba en una esquina y la he cazado el vuelo cuando intentó alejarse!- Y todos se le acercan y después le rodean queriendo ver la rana que tiembla entre sus manos.
- ¡Saquémosle los ojos!- dice un niño moreno con un deje cruel, y mueve una varilla como el médico loco que tal vez será un día y sus ojos reflejan al futuro homicida que presiente las formas que practicará luego. La vara de madera flexible y acerada continua en movimiento, adelante y atrás, insistente, terrible, portadora de muerte, lo mismo que un estoque de un torero ridículo o que una estaca mágica para un drácula enano.
- ¡Dejadla, no seáis brutos, no veis que esta sufriendo¡.- La voz viene del fondo destruyendo el terror. Se trata del mayor, el mas alto del grupo, ahora él les habla a todos con un tono cascado que ya es adolescente y que le hace ser fuerte, y los otros lo miran y le dejan pasar no sin cierta desgana, indecisos tal vez ante el influjo hipnótico de la vara homicida, y la rana se agita y parece sudar, esperando quizás que proclame su suerte el alto tribunal que ahora la está juzgando.
Pero no hay decisión , o al menos, no es unánime, porque el mismo muchacho la arranca de las manos del que la capturó y con un movimiento rápido de su brazo la arroja a la distancia, en mitad del estanque, donde ya nadie puede volverla a hacer cautiva.
La rana, que revive, nada hacia la espesura con súbita entereza. Al principio la observan refugiarse en el fondo, siguen sus movimientos durante unos segundos, luego ya no la miran. Los muchachos reaccionan después de la sorpresa, de la quietud indecisa. Se vuelven enfadados y rodean al mas alto y le gritan de frente su disconformidad, pero él logra apartarlos y con un gesto áspero se decide a correr. Todos van hacia el pueblo persiguiendo al que escapa, todos a la carrera, enfadados algunos, otros confabulados con solo una mirada para volver mañana y recobrar la pieza.
La caza no ha acabado, solamente se aplaza, pero se van los gritos, el confuso sonido que nace de unos labios se aleja con los pasos y después se evapora.
Así llega la calma de nuevo hasta la charca.
Entonces cae la noche.

(II)

Ha pasado el horror y a pesar del peligro en fluye mi vida, pese al agravio triste de mis pobres recuerdos y a la continua huida, cuando el sol se retira recupero el aliento.
Al fin ha sucedido, nuevamente ha llegado para ser mi aliada. Pesa la noche cierta. Su densidad me oprime. Se confirman los signos inequívocos del paso de las horas ( un paso irrevocable que incluso yo percibo en este nuevo estado) y el imperio lunar se consolida y crece. Y mientras, yo respiro.
Siento el sudor espeso que atraviesa mis poros condensándose luego sobre mi piel mojada lo mismo que un batracio supurante y sediento. Salgo a tomar el aire e inicio el pensamiento que tanto me tortura.(Y no puedo evitarlo, y no quiero perderlo, y me aferro a sus sombras porque él me da sentido a pesar de mi absurdo). Noto la confusión en esta nueva vida en la que ahora resido, pero aun resta el recuerdo que llega por las noches cuando miro la luna. Aun me queda el pasado. Aun existe la idea que habita mi memoria y que no quiere irse. Y en ella se construye un pretérito exacto que parece imposible ( lejano, inhabitable) de esplendor y de luces, un pasado de ensueño que tal vez fuera el mío.
Recuerdo, por ejemplo, los paseos por el prado sobre un caballo tordo, y el sabor de unos labios que no veré de nuevo, y el aire del palacio tan puro, tan diáfano, tan distinto al de ahora, y las luces de noche, en medio de los bailes cuando me presentaban a las bellas muchachas, y el resplandor y el Arte que existió con mayúsculas; por ejemplo, la música ( aun suena en mi cerebro la dulce melodía con la que la seduje: un violín y un piano y después una viola y con ella un oboe que me elevan al cielo, y aun se mueven mis manos cogidas de las suyas, y sigo los compases y hasta recuerdo el título de la pieza que escucho: la sonata 1060 para orquesta y oboe de Juan Sebastian Bach). Y al final del abrazo ( que resultó prohibido) y de los bellos labios que tanto añoro ahora porque serían mi vida, ocurrió una venganza, mágica, incontestable, que no hubiera esperado, y desde allí al presente al que he sido arrojado solo me queda un paso que recorro de un salto que parece acrobático, al ritmo de esa música que habita en mi recuerdo.
Pero no vale nada toda esa melodía en mi mundo de ahora, en mitad de un silencio que no es mas que sonido, de esta quietud fingida que es una algarabía, no sirve su dulzura, ni el caudal de sus notas, ni su melancolía, porque entre los recuerdos - esos que son mi vida-, sigue la confusión, continua la impotencia.
Déjame preguntarte: ¿Sentiste alguna vez solo por un momento la sensación absurda de no saber quien eres?; ¿ Y lo que es aun mas grave, de no querer saberlo?;
¿ Dudaste de ti mismo y después intentaste esconder la cabeza para olvidarlo todo porque sientes vergüenza, y no pudiste hacerlo?. Esta es mi pesadilla, te invito a compartirla.
Me muevo desde el limbo que está en el mi pensamiento. El limbo del recuerdo donde a veces me escondo. Me regresa al presente la sensación exacta, física, dolorosa, de que ahora tengo hambre. La realidad se impone. Se agudiza mi instinto en mitad de la noche porque escucho el sonido gutural y profundo (brutal, inadmisible) que arroja mi garganta sin que yo se lo pida cuando observo la pieza que tanto había esperado, y cazo sin remedio para saciar mi falta. (Ya no quedan banquetes como los de mis sueños, se que nadie me sirve como sucedía antaño, ese es solo el reflejo de un pasado lejano).
Y cuando todo acaba y sacio mi vergüenza como un ser primitivo, ya no me quedan dudas porque sé que soy otro. Debo volver al agua. Me acerco hasta el estanque y puedo ver mi cuerpo reflejado en la noche.
Tras de mí esta la luna que intenta acariciarme. Quiere empapar mis lágrimas. Se que ella me consuela por lo que ya he perdido (y yo se lo agradezco), pero pese a su gesto la verdad se me muestra, (aunque a mi me horrorice), sin piedad, sin dobleces, inevitablemente, y el reflejo no miente. La imagen que percibo, mi reflejo en el agua, me condena a la angustia.
Y esa fue su venganza. Mágica, incontestable. El precio de un abrazo que resultó prohibido:
Hoy soy un pobre príncipe que teme por su vida. Siento que el sol regresa y que traerá a los niños. Y de entre todos ellos, temo al loco homicida. Se que él vendrá a buscarme y me hallará de nuevo.
Y también que no entienden, que no comprende nadie que pese a mi presencia soy solo un triste príncipe, un humilde batracio que esper
a a ser besado.
Me queda esa esperanza.
¿Sucederá algún día?